Los fracasos

Los fracasos forman parte de nuestra vida, de nuestro aprendizaje y de nuestro crecimiento. Pretender que no se den es absurdo porque no somos perfectos, nuestra carne es débil, nuestras fuerzas limitadas, nuestro conocimiento también y los resultados de nuestras decisiones y nuestros actos también están condicionados por factores externos, ajenos a nosotros, que muchas veces no controlamos.

Fracasamos cuando no cumplimos la palabra dada, fracasamos cuando defraudamos a otros, fracasamos cuando no atendemos debidamente a quienes nos rodean, fracasamos cuando nos dejamos envolver por los valores y espejismos del mundo, fracasamos cuando caemos en tentación y fracasamos cuando dejamos que se apoderen de nuestro corazón la envidia, el egoísmo o la soberbia.

Como los fracasos -nos guste o no- forman parte de nuestra vida es importante tener una buena actitud frente a ellos. Y que, de esta manera, nos sirvan para coger impulso y volar más alto de lo que lo hacíamos antes de que ocurrieran:

Tras los fracasos toca levantarse. Sí. Todas las veces que haga falta. Con esa resiliencia que caracterizó a Jesús y que ha de caracterizarnos también a todos los que aspiramos sinceramente a ser algún día de los Suyos. Esa resiliencia nos hace fuertes.

Los fracasos han de servirnos para aprender. Para conocernos mejor a nosotros mismos, para entender mejor cuáles son las reglas del mundo que nos rodea o para aprender a ver venir a otras personas que se mueven con intereses, criterios y valores distintos a los nuestros, con las que muchas veces tenemos que trabajar e incluso convivir.

Tras nuestros fracasos tocará, muchas veces, reconocerlos como lo que son -sin tratar de echar la culpa de ellos a otras personas o a las circunstancias- y pedir perdón. Lo que no siempre resulta fácil.

Los fracasos pueden servirnos para mejorar: nos bajan los humos y nos suavizan las soberbias a golpe de realidad, porque evidencian ante los demás y ante nosotros mismos lo pequeños y lo vulnerables que somos. Y nos ayudan también a comprender a otros que también se equivocan.

Los momentos de fracaso son muy buenos para acercarnos a Dios. Precisamente por lo vulnerables que nos hacen sentirnos. Nos obligan a tomar conciencia de lo poco que podemos solos y de lo mucho que necesitamos de ese Dios que todo lo puede y que es, sobre todo, Padre. Y Madre.

Durante los tres años que duró su vida pública Jesús se rodeó de 12 apóstoles que tuvieron el privilegio de convivir con él, el privilegio de escuchar su doctrina y el privilegio de ver en primera persona cómo cada día se desvivió por quienes fueron pasando a su lado. Y esos apóstoles, que tanto tuvieron, estuvieron lejos de ser perfectos: se peleaban entre ellos ocupar los primeros puestos, se dejaban guiar en muchas ocasiones por los criterios del mundo y todos, excepto San Juan, abandonaron a Jesús al pie de la Cruz. Pero 11 de ellos, a pesar de sus muchos fracasos y con todas sus limitaciones, supieron aprender de sus errores y terminaron dando la talla y logrando, tras la muerte de su Maestro, extender el cristianismo por el mundo entero.

Ellos nos enseñan hoy, tras todos estos siglos que han pasado, que a pesar de los errores y a pesar de los fracasos podemos levantarnos, podemos aprender, podemos arrepentirnos, podemos pedir perdón, podemos mejorar, podemos hacer equipo con Dios y podemos llegar a convertirnos en nuestra mejor versión.

La imagen es de tookapic en pixabay

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