Evangelio apc Candados

En nuestra sociedad aceptamos como normal que cuando una persona se porta mal con otra, ésta le devuelva la faena o la ofensa hecha, en el momento en el que tenga ocasión, con otra faena u otra ofensa incluso mayor: es ese «ojo por ojo, diente por diente» que, aunque parezca algo ya trasnochado y fuera de época seguimos – conscientemente o no – practicando a día de hoy.

Comportamiento hacia los demás absolutamente contrario al que Jesús nos invita a tener unos con otros.   

Nuestra conducta, por otro lado, no es novedosa:

Cuenta un pasaje del Evangelio cómo en una ocasión Jesús y los suyos quisieron hospedarse en una aldea de samaritanos. Los samaritanos no se llevaban bien con los judíos; detestaban Jerusalén y detestaban también su templo. Y ante la sospecha de que quienes les pedían alojamiento iban camino a Jerusalén, les niegan el hospedaje.  Demuestran con su comportamiento no tener caridad.

Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. (Evangelio Lucas 9, 52 – 56).

Que el comportamiento de los samaritanos en este caso estuvo mal es evidente. Pero lo peor fue que, como respuesta a la falta de caridad de los samaritanos, los discípulos propusieron una respuesta mucho peor: propusieron nada menos que «hacer que bajara fuego del cielo que acabara con ellos«. Inadmisible propuesta viniendo de quienes llevaban ya un tiempo conviviendo con Jesús y aprendiendo su mensaje tanto por sus palabras como por sus obras. Propusieron devolver mal por mal y portarse aún peor que aquellos que les ofendieron.

Como no podía ser de otra manera, Jesús les reprendió. Porque lo que él les enseñaba, y nos enseña hoy también a nosotros, es precisamente lo contrario: que nos comportemos con los demás como nos gustaría que los demás se comportasen con nosotros; propuesta de aparente sencillez que encierra una profunda hondura, pues es una invitación a que miremos por los demás como si de nosotros mismos se tratara, que hagamos de sus problemas los nuestros y de sus alegrías, también las nuestras.

Habrá ocasiones en nuestra vida en las que el amor lo que aconseje sea plantarse y dar guerra. Lo que habitualmente ocurrirá cuando se esté dando una situación de injusticia en la que haya que defender a la parte más débil.

Pero el caso que narra este pasaje del Evangelio no lo requería: los samaritanos estaban en su derecho de negarles hospedaje y no se trataba de un episodio de gravedad. En esta ocasión correspondía, cuanto menos, comportarse con templanza y buscar alojamiento en otro sitio, sin mostrar mayor resentimiento ante la ofensa hecha.

La respuesta ideal por parte de los discípulos hubiera sido devolver a los samaritanos bien por mal. Respuesta que, aunque no siempre, en muchas ocasiones da magníficos resultados pues impacta a quien comenzó haciendo el mal y le hace al menos pensarse si cambiar de actitud.

Quienes nos decimos cristianos deberíamos tener una clara tendencia a devolver bien por mal siempre que sea posible, sin preocuparnos de si dará o no frutos ni de si, en caso de haberlos, seremos nosotros quienes los recogeremos. Deberíamos, simplemente, tratar de pasar por la vida haciendo el bien sin esperar nada a cambio, despreocupándonos del resto.

La imagen es de Hans en pixabay

3 comentarios

  1. Sí me lo permites, decía San Josemaría Escrivá: «Qué bien pusieron en práctica los primeros cristianos esta caridad ardiente, que sobresalía con exceso más allá de las cimas de la simple solidaridad humana o de la benignidad de carácter. Se amaban entre sí, dulce y fuertemente, desde el Corazón de Cristo. (…) el comentario de los paganos, conmovidos al contemplar el porte de los fieles de entonces, tan lleno de atractivo sobrenatural y humano: mirad cómo se aman».

    Muchísimas gracias y felicidades por tu blog, Marta.

  2. Cada hombre tiene que ser él-mismo, y para eso tiene que estar alerta frente a la «medianía» que lo rodea. Si entre sus modos de ser él-mismo se encuentra dar un buen trato a todos los demás, lo hará siempre así con independencia de lo que reciba: malos gestos, malas palabras, malos modos o un daño malintencionado.

  3. Señor, Dios mìo!
    Elevo mi oración a Tí,
    para suplicarte,
    que siempre seamos prestos al perdón, a la ternura, a la sonrisa, a la condescendencia y a la comprensión,
    cuando recibamos algún agravio.
    Esto es, que devolvamos bien por mal, dando así testimonio de tu bondad, para mayor Gloria de tu nombre.

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