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Es fácil constatar el poder que tiene el amor porque es algo que podemos ver cada día en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos rodean. La fuerza que tiene el amor es tan grande que, pese a ser la mayoría de nosotros personas egoístas, por amor a quienes queremos somos capaces de anteponer sus necesidades a las nuestras, aún en aquellos casos en los que nosotros salimos perjudicados por ello.  

Ese amor, que necesariamente se ha de traducir en obras y que hoy se puede traducir en pasar la noche en blanco para cuidar de nuestro bebé, mañana se puede traducir en quedarnos sin irnos de vacaciones para prestar el dinero a un hermano y al otro se puede traducir en quedarnos sin descansar el fin de semana para ayudar a un amigo con su mudanza, más allá de remediar la necesidad que en cada caso atienda, tiene también el poder  de transformar al que ama: porque el amor nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos, porque atender a otros nos hace sentirnos bien y porque, cuando el amor se transforma en un hábito que convive con nosotros cada día, hagamos lo que hagamos, da una felicidad – la verdadera – que nunca proporcionará nada que pueda comprarse con dinero.

¿Quién no lo ha experimentado?

Pero el amor tiene un poder adicional, quizás menos conocido, al que Jesús se refirió en distintas ocasiones: el amor tiene el poder de «tocar» el corazón del Padre:

«Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.» (Evangelio Juan 15, 12 – 17).

Estas palabras las pronuncia Jesús en la Última Cena; en las últimas horas que sabía que iba a pasar con sus más íntimos y que aprovecha para insistir en las claves de la doctrina que llevaba ya tres años compartiendo con ellos. Y con ellas repite de nuevo a los suyos – y nos repite hoy a nosotros – que lo importante es que amemos y que seamos constantes en el amor («os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca»).

Y les promete – y nos promete hoy a nosotros – que quien así viva, quien viva para los demás, recibirá todo aquello que en el nombre de Jesús pida al Padre. Magnífica promesa que deja ver hasta qué punto la caridad tiene el poder de «tocar» el corazón de Dios, quien no negará nada a quien haga del amor su estilo de vida.

¡Todo un lujo el saber que podemos llegar a recibir todo aquello que pidamos al Padre! Teniendo muy presente, eso sí, que los tiempos de Dios difieren muchas veces de los tiempos de los hombres, que habitualmente queremos que nos solucione las cosas de manera inmediata. Y teniendo muy presente también que el Padre, aunque siempre nos escucha, en ocasiones no nos da exactamente lo que le pedimos: lo que siempre nos da es lo que más conviene, aunque a veces no lo sepamos entender.

«Buscad  sobre todo el reino de Dios y su justicia; y lo demás se os dará por añadidura». (Evangelio  Mateo 6, 33).

La imagen es de Geralt en pixabay

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