Vivimos tiempos en los que la incertidumbre ha dejado de ser una visita incómoda para convertirse casi en una compañera de piso. Antes era algo que aparecía en momentos concretos y luego se marchaba. Pero ahora, en cambio, da la sensación de que ha venido para quedarse. La incertidumbre ya no es una exepción: es el contexto en el que vivimos.

Parece que todo a nuestro alrededor ha empezado a moverse deprisa. Un contexto geopolítico cambiante -a nuestros ojos incluso descontrolado- con decisiones que se toman lejos pero que nos afectan de cerca. Y una tecnología que avanza a una velocidad difícil de seguir y que está transformando no solo nuestros trabajos, sino también la forma en la que nos relacionamos y vivimos.

Y en medio de todo eso, nosotros.

Vivir en un contexto de incertidumbre a muchos de nosotros nos incomoda. Porque nos gusta lo previsible y tener cierta sensación de control, pensar que sabemos por dónde van a ir las cosas, apoyarnos en lo conocido. Nos gusta sentir que pisamos terreno firme.

Pero ese terreno, últimamente, parece moverse más de la cuenta.

Es momento de adaptarnos y ser resilientes. De aprender constantemente, de evolucionar, de intentar anticipar lo que viene para no quedarnos atrás. De tomar decisiones sin tener toda la información, de avanzar sin ver del todo claro el camino que tenemos por delante.

Afortunadamente, en medio de esta vorágine hay algo que no cambia. Hay algo que no depende de mercados, de gobiernos, ni de avances tecnológicos. Algo que no fluctúa ni se tambalea. Algo que permanece:

El amor de Dios.

El amor de un Dios que es, sobre todo, Padre. Un Padre que no observa desde lejos, sino que se implica en nuestra vida, que nos acompaña, que nos sostiene. Un Padre que no se desentiende cuando las cosas se complican, sino que, por el contrario, se hace más presente.

La Fe no elimina la incertidumbre en la que vivimos, pero la coloca en su sitio. No hace que tengamos todas las respuestas, pero nos regala la confianza de saber que, aunque no terminemos de entender lo que está pasando, todo tiene su porqué y su paraqué.

Por eso la fe es un pilar. Un pilar que se vuelve especialmente valioso cuando la vida se tambalea.

Todos nosotros, en mayor o menor medida, hemos experimentado lo que significa tener ese pilar cuando en nuestra vida se han presentado la enfermedad, los fracasos, las dudas, las ausencias, el dolor, las tensiones o las decepciones.

Porque es en los momentos difíciles cuando la Fe deja de ser algo teórico y se vuelve concreta. Se vuelve refugio, se vuelve apoyo.

Con nuestro contexto de incertidumbre constante pasa algo parecido. La Fe no hace que desaparezcan nuestras dudas ni que el futuro se vuelva más claro de repente. Pero nos permite vivirlos de otra manera, sabiendo que tenemos una roca bajo los pies.

Vivir la Fe en tiempos de incertidumbre no consiste en tenerlo todo claro, sino en mantener la confianza en medio de la vorágine.

Vivida desde la Fe la la incertidumbre no desaparece… pero deja de tambalearnos y deja de tener la última palabra.

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