El próximo domingo dará comienzo el Adviento: un tiempo precioso del año litúrgico en el que se nos invita a parar, a hacer balance y a prepararnos para recibir a ese Niño que quiere nacer de nuevo en nuestro corazón y quiere transformar nuestra forma de mirar y de estar en el mundo.
Estamos invitados a prepararnos a lo largo de estas cuatro semanas que representamos, de una manera muy sencilla, por cuatro velas en la corona de Adviento.
La primera vela que encenderemos simboliza la Esperanza.
Vivir desde la Esperanza puede ser una forma de vida. Una actitud. Una disposición del corazón que vaya siempre con nosotros, y no solamente cuando estamos a la espera de que se resuelva favorablemente aquello que le tengamos pedido a Dios.
Vivir desde la Esperanza es vivir con una mirada optimista. Una mirada que nos lleva a ver el lado bueno de las cosas a pesar de las dificultades.
Las dificultades las tenermos por todas partes.
No hace falta mirar demasiado lejos para encontrar motivos para el desánimo: conflictos, injusticias o personas a las que la vida les pesa demasiado.
Y en las vidas de todos nosotros, incluso en las etapas más felices, también abundan las preocupaciones, los problemas y los agobios.
La Esperanza no niega los motivos para el desánimo. No. Más bien, por el contrario, buena conocedora de ellos, nos ayuda a llevarlos, nos hace sentir que nuestras cruces no son tan pesadas, nos aligera la carga, nos ayuda a salir adelante, nos hace vivir adelantando el mejor de los finales posibles.
Vivir desde la Esperanza nos lleva a vivir agradecidos.
¿Cómo no vivir agradecidos por tanto como se nos ha regalado? ¿Cómo no vivir agradecidos sabiendo lo mucho que nos quieren desde el Cielo? ¿Acaso podemos olvidar que Dios Padre entregó a su Hijo para salvarnos? ¿Acaso podemos olvidar que Jesús accedió a nacer tan hombre, tan pequeñito y tan vulnerable como cualquiera de nosotros para salvarnos?
Ese Niño vino a mostrarnos un estilo de vida que da sentido a nuestros días en la tierra y nos abrirá después las puertas del Cielo.
Este Adviento valdrá la pena parar, mirar hacia adentro y prepararnos para acoger de nuevo a Jesús, que quiere quedarse para siempre en nuestro corazón. Aunque ya lo hiciéramos el Adviento del año pasado. Porque este Adviento no somos los mismos que éramos hace un año y desde el Cielo se dejarán sentir como más nos convenga ahora.
No nos dejemos atrapar por las luces, las comidas, los viajes y el clima de consumo desmedido que llena las calles de nuestras ciudades estos días y centremos nuestra vida en lo que de verdad importa.
No perdamos la oportunidad de nacer también nosotros de nuevo esta Navidad.
La imagen es de Christina & Peter en pexels
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