Jesús no se dejaba llevar por los prejuicios. No encasillaba a las personas que tenía delante atendiendo a su aspecto físico, atendiendo a su clase social, atendiendo a su nivel educativo o atendiendo a las enfermedades que tuvieran, por estigmatizantes que pudieran ser.

A Jesús le interesaban todas las personas por igual y hubiera querido que todas las gentes con las que se fue encontrando en el camino de la vida -gentes sencillas, gentes ricas, gentes poderosas, fariseos, leprosos o endemoniados- hicieran suya la doctrina que había venido a predicar.

No se dejaba llevar el Maestro por los prejuicios, pero sí que leía en los corazones. Y sabía distinguir quiénes quedaban de verdad tocados por su doctrina y quiénes eran flor de un día o lo seguían movidos por la novedad, los milagros o los fuegos artificiales. También sabía quiénes le querían mal.

Juzgaba desde el amor y obraba en consecuencia.

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre.

Nosotros, como Jesús, estamos llamados a no dejarnos llevar por los prejuicios, encasillando a las personas por su aspecto físico, su clase social o educación. Cuando miramos a los demás con las gafas de los prejuicios tendemos a pensar mal. Y con nuestro comportamiento no contribuimos en absoluto a que crezcan, a que sea mejores, a que crean en sí mismos, a que se superen, a que lleguen a sacar todo su potencial, a que lleguen a convertirse en su mejor versión. Con nuestros prejuicios más bien contribuimos a levantar muros que les resultan cada vez más difíciles de derribar. Nosotros, a lo que estamos llamados es a ser buenos con todos. Y a dar a todas las personas las oportunidades que les hagan falta.

Nosotros, como Jesús, estamos llamados a tratar de entender qué hay en el corazón de las personas que nos rodean:

Conocer lo que hay en el corazón de las personas es algo que en principio parece difícil. Pero sabemos que, en la medida en la que vayamos avanzando en el camino del amor, desde el Cielo nos irán regalando la luz que necesitemos para ir teniendo la mirada cada vez más fina.

Entre tanto, hay algo que está al alcance de todos, que sí que podemos ver y son las obras: nuestros actos hablan alto y claro sobre nosotros.

Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos.

Ojalá desde el Cielo nos vayan enseñando a leer, cada día mejor, en los corazones de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Nos ayudará enormemente a irlas comprendiendo mejor y a ir siendo cada vez más justos.

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