Octava estación. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Jesús está en el que, sin duda, es el peor momento de toda su vida: injustamente juzgado, humillado, maltratado, malherido, insultado, abandonado por los suyos y de camino hacia un lugar llamado Calvario donde sabía que iba a ser crucificado hasta morir. Y, aún en esas circunstancias tan extremas para el cuerpo y para el espíritu, ve a aquellas mujeres que de alguna manera querían consolarlo, y se le va el corazón hacia ellas.

Y se conforma una escena singular, en las que las mujeres consuelan a Jesús y Jesús consuela a las mujeres: aún en mitad de aquel esperpento sigue brillando el amor.

Jesús siempre tuvo una especial debilidad por las personas más vulnerables. Muchas personas vulnerables había en la sociedad de entonces y entre ellas se contaban, sin duda, las mujeres, que se veían obligadas a depender de los hombres y a ocupar un rol muy secundario en la sociedad. Él siempre las trató como se merecían y siempre les dió el lugar que debían tener. Y algunas de ellas ocuparon un papel especialmente relevante en su vida.

En esta ocasión el Maestro, sabedor de los tiempos difíciles que estaban por venir, ve a aquellas mujeres y se compadece de ellas. Y las invita a la conversión y a estar preparadas para lo que pudiera suceder.

Nosotros también debemos vivir preparados para lo que pueda venir. No contemos con que nos quedan muchos años por delante, porque no tenemos ninguna certeza de que eso vaya a ser así, ni sabemos cuáles serán las circunstancias en las que viviremos más adelante. No dejemos para mañana lo que de verdad importa. Conviene cortar cuanto antes con los espejismos del mundo para poder avanzar en ese camino del amor que todos estamos llamados a recorrer, para que llegue el día en el que miremos con la misma mirada con la que Jesús miró a aquellas mujeres y a todos aquellos que fueron pasando a su lado en el camino de la vida.

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?»

Evangelio Lucas 23, 27 – 31

Novena estación. Jesús cae por tercera vez

Las caídas de Jesús no vienen recogidas en los evangelios, pero es más que probable que ocurrieran. Son, sin lugar a dudas, un símbolo de su sufrimiento y de la carga que llevó por toda la humanidad.

Esta tercera caída de Jesús ocurre ya al final del camino, cuando Jesús está llegando al Calvario. Una tercera y última caída de la que es capaz de levantarse sacando fuerzas de donde no las tenía, sin duda movido por su inmenso amor a Dios y la humanidad.

Nosotros, como nuestro Mastro, a veces no podemos más y también caemos. Muy especialmente en esas etapas en las que el cansancio, los problemas y los agobios nos desbordan y nos hacen pensar en tirar la toalla y abandonar, dejando que sean otros los que continúen tirando de un carro que se nos hace demasiado pesado.

Como Jesús, también podemos levantarnos tras las caídas y podemos cargar de nuevo con las cruces que cada uno tenemos, confiando en que Dios sabe más y todo tendrá sentido.

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