La enfermedad es una circunstancia que antes o después todos vivimos. En ocasiones es una circunstancia que pasa sin más, sin dejar ningún rastro en nuestra vida. Pero en otras ocasiones llega para quedarse y tenemos que aprender a convivir con ella, o con su sombra. Y, ciertamente, no es tarea fácil.

Cuando se presenta en nuestra vida una enfermedad importante que llega para quedarse, nuestra vida se desmorona de repente, como si fuera un castillo de naipes. Tanto si somos nosotros en primera persona los afectados, como si lo es alguien a quien queremos y con quien convivimos.

Para empezar, pasamos de tener una vida más o menos activa y más o menos ordenada a tener que cambiar forzosamente de hábitos, pasando por períodos de baja laboral, períodos de hospital o períodos con dificultades de movilidad que se van presentando sin previo aviso.

En ocasiones podemos llegar a contrariarnos mucho. E incluso puede cruzarse por nuestro pensamiento la tentación de enfadarnos con Dios y de pedirle explicaciones. ¿Cómo es posible que permita algo así?

Si el tiempo de enfermedad se alarga, también puede cruzarse en nuestro camino la tentación de tirar la toalla y dejarnos llevar. Porque nuestras fuerzas son muy limitadas y un camino largo puede desgastarnos hasta la extenuación. Pero no es bueno dejarse llevar. Sabemos que desde el Cielo nunca van a permitir cruces que no seamos capaces de soportar.

Además, no todo lo que rodea a la enfermedad es malo. Las circunstancias adversas, aunque ninguno las queremos para nosotros mismos ni para las personas a las que queremos, también tienen su lado positivo:

La enfermedad nos obliga a repensar nuestra nuestras prioridades y, muchas veces, nos lleva a reordenarlas de una manera mucho más sensata. Porque tomamos conciencia de lo absurdo de tantas ambiciones que hasta entonces teníamos, tomamos conciencia de lo absurdo de los disgustos que nos hemos llevado por tonterías, tomamos conciencia de lo mucho que hemos descuidado lo que de verdad importa o tomamos conciencia de lo mal que hemos invertido nuestro tiempo. Y es un aprendizaje que queda ahí y que nos cambia para siempre la actitud y la mirada.

La enfermedad nos ayuda a acercarnos a Dios como niños que nada pueden y todo lo esperan de su Padre. Un Padre que sí que lo puede todo y que tiene poder para curarnos el cuerpo y curarnos también el alma. Un Padre que habita en nosotros y que también padece cuando nosotros padecemos. ¿Cuándo entenderemos que el dolor es una herramienta de la que muchas veces se vale Dios para podarnos, aumentarnos la Fe y hacernos más Suyos, más del Cielo?

Los períodos de enfermedad, tanto si la vivimos en primera persona como si la vivimos en la persona de alguien a quien queremos mucho, son períodos excepcionales para regalar a Dios nuestra Fe. Y también son períodos excepcionales para dar testimonio de ella. Seguros de que Dios nos escucha aunque a veces no nos lo parezca. Seguros de que todo tiene un porqué y un para qué, aunque por el momento no podamos comprender nada de nada.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Mateo 5, 5

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