Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!”
Evangelio del día 8 de septiembre de 2024 – Marcos 7, 31 – 37
En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!”. Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
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Effetá

Es fácil que las responsabilidades, las tareas y las ocupaciones que todos tenemos terminen atrapándonos y ocupándonos prácticamente el día entero, sin dejarnos apenas tiempo ni para los demás ni para Dios. Y así, y casi sin que nos demos cuenta, podemos pasar días, semanas, e incluso años, desperdiciando un tiempo precioso que bien podríamos haber ocupado mejor de haber sabido parar y escuchar a Dios. ¿Por qué no dejar que abra nuestros oídos y nuestro corazón?
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