Quienes somos cristianos y queremos hacer vida el Evangelio sabemos bien que estamos llamados a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres, nuestros hermanos. Algo que se ha de hacer visible cada día en la forma en la que nos conducimos, en la forma en la que nos comportamos con los demás o en las decisiones que vamos tomando. Tanto las grandes decisiones como esas otras pequeñas decisiones, más propias del día a día.

Pero vivir en este mundo nuestro con los valores del Cielo, resulta a veces complicado. Porque el mundo arrastra en la dirección contraria. Y, cuando no estamos bien anclados al Evangelio, es fácil que perdamos el equilibrio y que terminemos dejándonos arrastrar por la lógica del mundo, que conduce sin remedio hacia el consumo sin sentido, el egoísmo o el deseo de querer ocupar los primeros puestos.

Y comprar cosas, ganar dinero o ascender en la carrera profesional no es malo. ¡Claro que no lo es! Siempre y cuando no terminen convirtiéndose en el motor de nuestra vida y haciéndonos sus esclavos. Porque no se puede servir a dos señores.

Cuando nos dejamos arrastrar por la lógica del mundo, además, corremos el riesgo de perder la perspectiva:

Esa perspectiva que nos hace ver que esta vida sólo tiene sentido como una vida de paso para llegar a otra vida: la de verdad importante, la verdadera, la eterna.

Esa perspectiva que nos facilita no enredarnos en discusiones, cotilleos, críticas destructivas, o cizañeos que no llevan a ninguna parte y que además nos empequeñecen el alma y el corazón.

Esa perspectiva que nos hace apostar por aquello que tiene sentido a largo plazo y a poner el foco en lo que de verdad importa, en lugar de andar despistándonos con cosas que, sin ser necesariamente malas, lo cierto es que terminan robándonos tontamente los días, los meses e incluso los años.

Esa perspectiva que nos ayuda a encajar el misterio del dolor. Algo que ninguno queremos ni para nosotros mismos ni para las personas que nos rodean, pero que lo cierto es que, cuando se presenta en nuestras vidas, muchas veces nos ayuda a hacernos niños y a acercarnos más al Cielo y a ese Dios que es, sobre todo, Padre.

Esa perspectiva que nos ayuda a mirar al envejecimiento o a la muerte no como un drama o una ruptura definitiva, sino como el último peldaño de la escalera que tenemos que subir para entrar por la puerta de la Casa del Padre. Una Casa en la que también nos iremos reencontrando con las personas a las que hemos amado en nuestro paso por este mundo.

Para no perder la perspectiva es muy bueno, creo yo, que vivamos la Fe en comunidad, apoyándonos en otras personas que, como nosotros, con sus avances y sus retrocesos, tratan de ir viviendo cada día con una mirada más del Cielo.

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