En un mundo como el que nos rodea, en que son tan comunes las metiras, las medias verdades, los fraudes y las excusas para defender lo inexcusable, los cristianos deberíamos distinguirnos por nuestra credibilidad: una cualidad que nos hará confiables a los ojos de quienes nos rodean y que, sin duda, facilitará que se acerquen a nosotros si un día necesitan de consejo o de apoyo.

La credibilidad la ganamos cuando mantenemos firmes nuestras ideas, sea cual sea el auditorio que nos esté escuchando, sin modificarlas cuando nos resulte conveniente, aunque podamos salir mal parados por ello. Como supo hacer Juan Bautista, quien predicaba exactamente lo mismo a las gentes sencillas que al rey Herodes. Y hacerlo le costó la vida. A Jesús, poco después, le pasaría lo mismo: predicaba el mismo mensaje al pueblo de Israel que a los fariseos y éstos, cuando vieron amenazada su posición, decidieron acabar con su vida.

La credibilidad la ganamos cuando mantenemos nuestro discurso a lo largo del tiempo, sin adaptarlo a las modas de turno o a lo que nos va resultando más conveniente. No significa ésto que no podamos ser flexibles o evolucionar, claro que no: pero es claro que no resulta creíble quien se va acercando al sol que más calienta con un discurso y, si hace falta, con su contrario.

La credibilidad la ganamos cuando llevamos una vida coherente con los pricipios que decimos tener. Decir una cosa y hacer otra resultaría una hipocresía muy difícil de defender.

Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. 

Mateo 23, 1 – 4

La credibilidad la ganamos cuando mantenemos nuestros principios inamovibles. Hay una creencia muy extendida entre muchos cristianos que nos lleva a pensar que debemos tratar de llevarnos lo mejor posible con todos, aunque muchas veces, para que eso sea posible, tengamos que hacer cesiones en nuestros planteamientos. Y hacer cesiones en temas menores en aras de facilitar la convivencia es necesario muchas, muchas veces. Lo que en ningún caso debemos hacer es ceder en nuestros principios: éstos deben ser inamovibles e innegociables pase lo que pase. Y eso es algo que necesariamente nos llevará a no poder quedar bien con todos. Cosa que, por otro lado, no es en absoluto necesaria. No lo buscó Jesús y no tenemos por qué buscarlo tampoco nosotros. Los cristianos del siglo XXI estamos llamados a vivir abanderando unos valores que no están de moda y que nos obligan a ir a contracorriente. Si lo hacemos bien, podemos estar seguros de que resultaremos molestos a más de uno y a más de dos, que se revolverán contra nosotros. Lejos de agobiarnos por ello, podemos incluso tomarlo como una señal de que vamos por el camino correcto.

Habrá ocasiones en las que lo pasaremos mal y en las que tendremos dudas. Nos tocará entonces pedir consuelo, ayuda, fortaleza y consejo a ese Dios que es, sobre todo, Padre.

Sólo las personas creíbles resultan confiables. Como lo fue Jesús. Por eso decían de Él que enseñaba con autoridad.

La imagen es de sweetlouise en pixabay

2 comentarios

  1. El ser cristianos implica seguir el mensaje de Jesús, en las duras y en las maduras, en las buenas y en las malas…. a veces nos golpearán, intentarán derribarnos… pero teniendo a Jesús de nuestro lado nada debemos tener. Gracias por la reflexión de esta semana. Un abrazo

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