Uno de los pasajes, en mi opinión, más didácticos del Evangelio es el pasaje en el que invita a Simón Pedro a seguirle y a convertirse en pescador de hombres. Es una invitación que también nos hace hoy a nosotros y que, en nuestra libertad, podemos aceptar o no hacerlo.

Detalla el Evangelio que la gente se agolpaba alrededor de Jesús para escuchar su doctrina. Algunos estarían allí para curiosear, otros habrían ido interesados en conocer su doctrina y otros se habrían acercado hasta allí esperando el momento en el que pedir al Maestro que les curase alguna dolencia. Simón Pedro también estaba allí, lavando las redes tras una mala noche de pesca.

Jesús no escoje una barca al azar para sentarse a enseñar. Escoge la barca de Pedro. Y entrando en su barca entra también en su vida. Pedro era un hombre aparentemente tan cargado de defectos, como la mayoría de nosotros, pero era el pilar sobre la que edificaría su futura Iglesia. Quiere invitarlo a que le siga y a que lo haga para siempre. Y, para hacerlo, le pide que reme mar adentro para hacer la mejor faena de su vida, en el mismo sitio donde antes no había conseguido pescar nada.

Después de aquella demostración de poderío, que hizo evidente lo cerca que andaba Jesús de Dios Padre, Pedro lo dejó todo y le siguió. También lo hicieron Santiago y Juan. Y a partir de ese día se convirtieron en pescadores de hombres.

Hoy Jesús también se hace el encontradizo con nosotros. Y quiere meterse en esa barca que es nuestra vida. Si le dejamos, de verdad, entrar en ella, quedaremos transformados. Nuestro corazón será otro, nuestra mirada será otra y nuestra vida será otra.

Hoy Jesús también nos pide a nosotros que rememos mar adentro, como en aquella ocasión se lo pidió a Pedro. Nos pide que nos adentremos en el misterio de Dios. Y que, ahí donde ya no podemos hacer pie, vivamos confiados, vivamos con Fe, confiando como niños en ese Dios que es, sobre todo, Padre.

Hoy Jesús también nos invita a nosotros a ser pescadores de hombres, como en aquella ocasión invitó a Pedro. Desde mar adentro. Haciendo equipo con Dios y dejando que sea Él quien nos vaya haciendo ver dónde, cuándo y cómo conviene echar las redes. Será Él quien nos facilitará la pesca, puesto que se trata de su obra y no de la nuestra.

Ojalá sepamos dejarnos guiar tan bien que pesquemos abundantemente como entonces pescaron Pedro, Santiago y Juan. Tan abundantemente que, como ellos, tengamos que pedir refuerzos.

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Evangelio Lucas 5, 1 – 11

La imagen es de Sweetaholic en pixabay

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