A muchos de nosotros nos gusta planificar lo que vamos a ir haciendo. En parte por organizarnos para poder llegar a todo y en parte, también, porque nos sentimos más cómodos en un entorno controlado, previsible y seguro. Pero la vida es una sucesión de etapas en las que van cambiando las circunstancias que nos rodean y en las que también nosotros vamos evolucionando. Y tenemos que adaptarnos a ellas. No sólo eso: deberíamos aprender a disfrutar de ellas, aunque nos saquen de nuestra zona de confort.

Muchas veces los cambios de etapa son previsibles: cuando terminamos la niñez y empezamos la adolescencia, cuando terminamos el colegio y empezamos la universidad, cuando alcanzamos la mayoría de edad, cuando terminamos la universidad y empezamos a trabajar, cuando nos independizamos, cuando tenemos hijos…Son cambios en los que muchas veces sentimos cierto vértigo, que no es más que un poco de resistencia al cambio unido a otro poco de miedo hacia esa siguiente realidad que no sabemos si llegaremos a controlar ni si llegará a gustarnos.

Otras veces los cambios de etapa no son en absoluto previsibles y se presentan así, sin avisar, cuando menos te lo esperas: un cambio de trabajo que nos sorprende sin buscarlo, una persona que aparece en nuestra vida y la trastoca, … En ocasiones esos cambios son interiores, y están ligados al momento espiritual en el que vivimos.

Los cambios de etapa, de alguna manera son retos que se nos ponen por delante, que habitualmente están llenos de oportunidades: oportunidades de aprender, oportunidades de descubrir habilidades en nosotros mismos que ni siquiera sabíamos que teníamos, oportunidades de hacer equipo con Dios, oportunidades de superarnos, oportunidades de disfrutar y de vivir intensamente.

En ocasiones, el corazón adelanta esos cambios de etapa: y antes de que esos cambios asomen sus primeros brotes, nosotros ya los sentimos. ¿Será el deseo? ¿Será la esperanza? ¿Será la Fe? ¿Será el Espíritu? Quizás sea una mirada optimista y confiada que adelanta la certeza de un final feliz.

Ese sentir sabe que se trata más de un sueño o un deseo que algo seguro, pero disfruta igualmente tan solo adelantando la posibilidad.

Ese sentir nos lleva a acercarnos a Dios, como niños, para estar a su lado. sin decir nada. Consciente, por otro lado, de que los tiempos de Dios son distintos de los nuestros y consciente, también, de que las formas de dar de Dios no siempre se alinean con lo que a nosotros nos gustaría.

A pesar de las muchas obligaciones y responsabilidades que todos tenemos, no conviene que dejemos que la rutina se adueñe de nuestra vida. Resulta más conveniente atender a todas esas obligaciones y responsabilidades, por supuesto, pero dispuestos a vivir cada día como la oportunidad única que es de dar y de recibir. Sobre todo de dar. Estando abiertos a dejarnos guiar por ese Dios que es, sobre todo, Padre y que tantas veces es, también, el Dios de las sorpresas.

La imagen es de pexels en pixabay

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