Ya entrada la Cuaresma seguimos preparándonos para vivir, una vez más, esa pasión y muerte que Jesús aceptó, valiente, por amor. Por amor a su Padre, por amor a la humanidad y por amor a los suyos. Incluyendo a ese Judas con el que había convivido tres años al que quiso hasta el final, incluso cuando salió tras la cena dispuesto a entregarlo.
Especifica el Evangelio que cuando Judas salió para entregar a su Maestro, era de noche. Era también de noche en su corazón.
También en nuestro corazón se hace de noche con frecuencia:
Cuando sentimos la compañía de las miserias del corazón -egoísmo, envidia, soberbia, hipocresía, vanidad o indiferencia- las reconocemos como lo que son, sin paños calientes, pero no encontramos la manera de irlas arrinconando hasta echarlas. Y se adueñan de nuestras palabras, de nuestra mirada y de nuestro comportamiento como si no tuviésemos voluntad.
Cuando sabemos que, sin ser malos, llevamos una vida mediocre, no hacemos lo suficiente y vivimos básicamente para nosotros mismos. Somos conscientes de que deberíamos estar aprovechando la vida mucho más para lo que de verdad importa y sin embargo ahí estamos, atrapados por las mil y una servidumbres del mundo.
Cuando no somos capaces de ver luz al final del túnel y dejamos que el peso de las preocupaciones y los problemas termine por aplastarnos. Cuando nos faltan las fuerzas y empezamos a simpatizar con la idea de tirar la toalla y abandonarnos sin más.
Cuando creemos que Dios no nos escucha, o no entendemos sus tiempos, sus silencios o sus respuestas, y hasta sentimos ganas de enfadarnos con Él.
Los períodos de noche forman parte de nuestra vida y forman parte también de nuestro proceso de aprendizaje y nuestro proceso de crecimiento. Son espacios de los que muchas veces se vale Dios para hacernos despegar espiritualmente y volvernos fuertes. Él siempre está ahí, con nosotros, en la retaguardia, velando nuestro día y también nuestro sueño, podando y regando para que algún día lleguemos a ser la mejor versión de nosotros mismos que podemos llegar a ser. Ese Dios que es, sobre todo, Padre, está ahí muy especialmente cuando es de noche en nuestro corazón. Aunque tantas veces no sepamos verlo.
Como estuvo Jesús junto a Judas, amándolo hasta el final: sabiendo a ciencia cierta lo que pretendía, se mantuvo a su lado, le dió el mejor bocado y, sin retenerlo ni delatarlo, le facilitó la salida para que lo entregara.
Diciendo esto, Jesús se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Juan 13, 21 – 30
La imagen es de FelixMittermeier en pixabay
Muchas gracias por recordarnos la Buena Nueva con esta frecuencia.
Mis faltas son muchas, Su Gracia es mayor.
Estamos heridos por el pecado. Tenemos tendencia al mal. Es así. El misterio del pecado original.
Sin embargo, La Sangre del Señor tiene poder sobre el mal. Así que, es posible el amarnos los unos a los otros. No desde nuestra naturaleza herida, sino desde la Gracia.