Al conjunto de subidas de precios, tarifas y tasas que suceden al inicio de cada año, es a lo que coloquialmente llamamos, en España y en América Latina, la cuesta de enero*. Como además, esa cuesta se presenta después de un tiempo en el que muchos de nosotros tenemos más gastos de los habituales con la compra de regalos, comidas, loterías o viajes con motivo de la celebración de la Navidad, la dificultad para enfrentar esa temido mes de enero es grande para muchas familias.

La cuesta de enero, para muchos de nosotros representa también, literalmente, a los días grises. Esa etapa del año en la que se tienen por delante unos meses en los que los días son todavía cortos, hace frío y se hace difícil la vida en la calle y la vida social, tan arraigadas entre muchos de nosotros.

También representa la cuesta de enero a los días grises en sentido figurado. Esos días en los que parece que pesa especialmente la vuelta a la rutina, a los quehaceres del día a día, habitualmente poco lucidos, a la sobrecarga de trabajo y a las prisas.

Incluso en el calendario litúrgico, estas semanas se incluyen en lo que llamamos el tiempo ordinario: ese tiempo que no coincide ni con la Pascua y su Cuaresma, ni con la Navidad y su Adviento. Estamos en esas fechas del calendario en las que no se celebra ningún aspecto particular del Misterio de Cristo.

uffff.

Pero resulta que los días grises, los días de rutina, esos días en los que parece que no pasa nada especial, esos días de lucha continuada contra los sinsabores del trabajo, son muy necesarios. Son necesarios para nuestro crecimiento y nuestro aprendizaje. Son necesarios para que luego seamos capaces de dar su justo valor a los días de éxitos. Son necesarios porque nos hacen tomar conciencia de nuestras limitaciones. Son necesarios porque nos llevan, muchas veces, a ponernos en las manos de ese Dios que es, sobre todo, Padre.

Todos los días del calendario pueden y deben ser extraordinarios: porque lo que los convierte en extraordinarios no son ni sus éxitos, ni sus logros, ni sus alegrías, ni sus buenas noticias. Lo que convertirá a un día en extraordinario será que hayamos puesto lo mejor de nosotros mismos en cada cosa que hayamos hecho, por corriente que pueda parecer. Lo que convertirá a un día en extraordinario será el amor con el que lo hayamos vivido: el amor que hayamos dado y el amor que hayamos recibido. Siempre será el amor el matiz que marcará la diferencia.

No sabemos cuántos años viviremos, ni qué circunstancias serán las que rodearán nuestra vida en los años venideros. Tan sólo Dios lo sabe. En nuestra mano está aprovechar cada día como la oportunidad única que es de dar, de recibir, de disfrutar, de valorar y de vivir desde un profundo agradecimiento por tanto. También los días de esa a la que llamamos la cuesta de enero.

La imagen es de thgmueller en pixabay

*El comienzo del post está inspirado en la definión de cuesta de enero de la wikipedia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.