«Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Evangelio Lucas 19, 1 – 10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.» Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

La imagen es de Pexels en pixabay

Reflexiones relacionadas

Zaqueo, date prisa y baja

Salir del mundo
Optimized by JPEGmini 3.11.4.3 0x5d709e32

En tiempos de Jesús los publicanos eran recaudadores de impuestos designados por Roma. Sus compatriotas, los judíos, los despreciaban por sus prácticas extorsionadoras y por considerarlos traidores de Israel. Traidores a los que, por otro lado, tenían por pecadores y raramente veían por el templo o por la sinagoga.

En esta ocasión Jesús decide hospedarse, nada más y nada menos que en casa de Zaqueo, jefe de los publicanos. Para escándalo de todos los allí presentes.

El arrepentimiento

Incluso quienes tenemos claro que queremos seguir a Jesús y nos hemos hecho el firme propósito de hacer de su doctrina nuestra vida tropezamos mucho. Muchísimo. En ocasiones nos dejamos seducir por los espejismos del mundo, en otras ocasiones nos dejamos arrastrar por las modas de turno y en otros momentos nos dejamos llevar por nuestras apetencias y nuestras debilidades: pereza, comodidad, envidia, soberbia, … cada uno las que tenemos como compañeras de viaje.

Cuando nos damos cuenta de que hemos caído nos sentimos mal. Y nos arrepentimos. Y nos arrepentimos muy especialmente – al menos en mi caso – si con nuestros actos hemos perjudicado a otros o si se trata de algo recurrente, con lo que ya hemos tropezado más veces, y se nos hace evidente que no conseguimos superarlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.