Vivimos en un mundo tremendamente materialista, en el que parece que todo se puede comprar y en el que tener mucho dinero se ha convertido en algo aspiracional para muchos de nosotros. ¿Quién no sueña con tener una casa mejor, un coche mejor, su próximo viaje, su siguiente dispositivo móvil o un nuevo capricho que le encantaría permitirse? Habitualmente no buscamos en esas compras satisfacer unas necesidades básicas, no; en ellas tratamos de encontrar esa tan ansiada felicidad.
Y, claro está, miramos con admiración -e incluso con algo de envidia- a aquellas personas que tienen mucho dinero. Porque gracias a él nos parece que viven una vida de ensueño en la que se permiten cosas que a quienes no somos ricos nos parecen inalcanzables. Al dinero, además, muchas veces lo acompaña el poder, por lo que los ricos en muchas ocasiones son además personas influyentes en los trabajos y en los entornos en los que se mueven.
Sin embargo, las cosas realmente valiosas, las únicas que son de verdad importantes, ni se compran ni se venden: La familia en la que nacimos, nuestros hijos, los talentos que nos regalaron del Cielo, la salud, el amor que damos, el cariño que recibimos, sentirnos en paz, los valores que nos acompañan y que determinan las decisiones que vamos tomando en la vida o la Fe.
¿No son acaso éstos los pilares en los que se asienta nuestra vida?
¿Cómo es posible que tantos de nosotros andemos toda una vida aspirando a acumular bienes materiales en lugar de centrarla en eso que de verdad importa y por lo que además no tenemos que pagar absolutamente nada?
Es difícil comprender cómo ha podido llegar a estar tan extendido entre nosotros un comportamiento vital tan desatinado.
Jesús advirtió muchas veces sobre los peligros del dinero. No porque el dinero en sí mismo sea malo, que no lo es. Sino porque es muy común que quien lo posee termine poniendo toda su confianza en sus bienes y es muy común también que la riqueza le termine robando el corazón. Es ahí donde reside su peligro.
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero»
Evangelio Mateo 6, 24
También nos mostró Jesús cuál es el estilo de vida que le gusta a Dios: un estilo de vida anclado exclusivamente en el amor. Un estilo de vida universal que, como no podía ser de otra manera, está al alcance de todos nosotros: está al alcance de los niños, está al alcance de los adultos, está al alcance de los ricos, y está también al alcance de los pobres.
Es momento de centrar nuestra vida, si no lo hemos hecho ya, en las cosas valiosas que de verdad merecen la pena. Y es momento también de tratar de dejar arrinconados en el trastero esos deseos que tantas veces nos han llevado a desear más bienes materiales, que bien sabemos que nunca nos darán la verdadera felicidad. Separemos, de una vez, precio y valor.
La imagen es de Bru – nO en pixabay
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