«Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo»

Evangelio Juan 17, 20 – 26

Jesús, levantando los ojos al cielo, oró diciendo: «No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos»

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Las ovejas de Jesús son las personas que aman a los demás «En esto conocerán que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Evangelio Juan 13,35). Esas son las personas que «escuchan su voz» y a las que Él «conoce» (reconoce como suyas). Y son esas mismas personas, como no podría ser de otra manera, las que alcanzarán la vida eterna, porque sabemos que al final de nuestros días se nos juzgará por el amor que hayamos repartido en vida.

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