A lo largo de la vida las personas vamos pasando por distintas etapas. En algunas todo nos va bien y sentimos que la vida nos sonríe. En otras, por el contrario, parece que las dificultades y los problemas se nos amontonan por todas partes. Cuando esto pasa, suele instalarse en nuestro corazón la tentación de tirar la toalla. Pero no debemos caer en ella; más bien debemos ser resilientes y practicar el arte de la perseverancia.
Un arte que parece que va en dirección contraria a la dirección en la que va evolucionando nuestra sociedad, en la que cada vez más vamos buscando esforzarnos lo menos posible y en la que, gracias a la evolución del mundo digital, lo cierto es que se ha impuesto la cultura de la inmediatez y nos hemos acostumbrado a tener lo que queremos casi en tiempo real.
Jesús, sin embargo, invitaba a los suyos a perseverar. Y nos sigue invitando hoy también a nosotros.
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra. Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: (…) «Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa». Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos.
Evangelio Marcos 2, 1 – 5. 11 – 12
La primera opción de aquellos cuatro que querían presentar el paralítico a Jesús fue, como es natural, la más sencilla: entrar por la puerta. Pero cuando vieron que no iba a ser posible acercárselo debido al gentío que había, no se rindieron. No tiraron la toalla.
Se aventuraron con una alternativa que era difícil que saliera bien: porque si ya es arriesgado que una persona escale por fuera de una casa hasta su tejado, mucho más lo es que suban cuatro, que además van cargando con una camilla con un hombre paralítico.
En aquella situación, tirando en un tejado entre los cuatro de un paralítico, se apañaron para conseguir levantar la techumbre y hacer un agujero en el tejado. Y se apañaron también para conseguir descolgar al paralítico dentro de la estancia en la que se encontraba el Maestro.
Cuesta imaginar la escena. Cuesta imaginar cómo lo consiguieron. Pero lo hicieron. Y con ello dieron testimonio del amor que sentían por el paralítico, que les llevó a jugarse el tipo por él. Y dieron testimonio también de la Fe que tenían en ese Jesús que andaba predicando una doctrina rompedora, sanando enfermos y haciendo milagros.
Jesús les estaba esperando y no dudó en regalarles aquello que habían ido a buscar. Y mucho más.
La actitud de aquellos cuatro camilleros rebosantes de amor y de fe gustó a Jesús. Y es la misma que nos pide que tengamos hoy nosotros. Todos nosotros.
Nos pide que tengamos Fe. Y que contemos con Dios en nuestras cosas. En todas nuestras cosas. En lo que sentimos que son grandes decisiones o grandes retos y también en esas pequeñas grandes cosas más propias del día a día.
Pero solo rezar y pedírselo a Dios no es suficiente: no podemos pedir a Dios que nos resuelva las cosas mientras nosotros estamos tumbados en un sofá. Nuestra obligación es remangarnos y trabajar. Mucho. Sin rendirnos. Sin tirar la toalla. Resilientes. Sabiendo buscar una segunda alternativa e incluso una tercera cuando las cosas no nos salgan bien a la primera.
Como hizo el propio Jesús, que buscaba cuando podía ratos en los que estar con su Padre, pero que pasaba los días predicando y atendiendo, incansable, a todos los que iban saliendo a su encuentro. Sin rendirse cuando veía que no lo entendían o no lo querían ni entender ni aceptar.
De eso va esta vida nuestra: de crecer, de avanzar, de caer, de aprender a levantarnos, de aprender de los errores, de ser resilientes, de practicar el arte de la perseverancia, de ayudarnos unos a otros para salir adelante, de buscar el bien común. Sin fuegos artificiales. Acercándonos poco a poco a la meta y disfrutando mucho, por el camino, de esta maravillosa aventura que es la vida.
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Cuánto tq Marta!
Me da vida cada vez que lo recibo.
Qué don más bonito de palabra te ha regalado Dios.!
Cuánto te admiro.
Muchas gracias Marta.
He aquí la receta del 10/90: Cuando se quiere conseguir algo hay que intentarlo hasta 10 veces; si se hace así las probabilidades de éxito son del 90%.