Muchos de nosotros vivimos una vida acelerada, en la que hacemos verdaderas piruetas para llegar a atender en el día a tantas cosas como tenemos en la agenda. Y nos molestamos cuando nos hacen esperar para hacer cualquier gestión. Y lo queremos todo para ya. Y parece que vivimos en un estado como de impaciencia.

Hace unos días, atendía yo a un seminario de márketing digital y explicaba el ponente cómo una página web no debe de tardar más de 3 segundos en cargarse porque, cuando esto pasa, los usuarios la abandonan. Yo se perfectamente que esto es así, entre otras cosas porque mi comportamiento como usuaria de internet no es distinto del de los demás. Pero lo cierto es que camino a casa su comentario me hacía reflexionar acerca de la inmediatez con la que nos hemos acostumbrado a requerirlo todo. Dentro del mundo digital… y también fuera de él.

El mundo digital ha traído numerosos cambios a nuestras vidas. Y sin duda alguna uno de ellos es una cultura de la inmediatez, que no siempre hemos tenido. ¿Quién no recuerda – incluso con cierta nostalgia – cómo algunos años atrás, para ver una película en el cine había que llegar allí al menos con media hora de antelación para hacer la cola y comprar las entradas? Ahora, desde el salón de casa elegimos sala, elegimos butaca y hacemos la compra; y llegamos al cine cinco minutos antes de que empiece la película.

Sin duda han cambiado nuestros hábitos como consumidores. Pero lo cierto es que nuestros hábitos como personas también han cambiado. Todo lo queremos para ya. Y, por ejemplo, nos hemos acostumbrado a atender emails y whatsapps casi en tiempo real y a esperar que los demás también lo hagan.

Si a esto le unimos la forma de vida que muchos de nosotros tenemos, sobrecargada de responsabilidades y tareas – en la que para poder llegar a todo tenemos que andar siempre con prisas – el resultado es demoledor, porque vamos siempre acelerados e impacientes:

Y la impaciencia es un estado que nos impide disfrutar de esas pequeñas grandes cosas que pasan en nuestra vida todos los días y que, por alguna extraña razón, las prisas convierten en invisibles.

La impaciencia es también un estado en el que no se tiene la disposición del corazón que hace falta para estar receptivo a las necesidades que puedan tener las personas que nos rodean.

Cuando necesitamos alguna cosa – para nosotros o para los demás – y se la pedimos a Dios, muchas veces también esperamos de Él que la concesión nos la haga enseguida, como esperamos hacer efectiva la compra en un comercio online o como esperamos que salga el agua si abrimos el grifo. Y, aunque Dios siempre, siempre, siempre nos escucha, lo cierto es que maneja unos tiempos que poco o nada tienen que ver con los nuestros: Él nos da lo que más nos conviene como quiere y cuando quiere.

En la vida espiritual debemos dejar a un lado algunas de las consignas del mundo, porque sus reglas de juego claramente son otras. Y, desde luego, las prisas más vale que las aparquemos. Porque lo cierto es que en el camino del amor a veces avanzaremos a buen ritmo, otras veces avanzaremos despacio y otras veces incluso retrocederemos. Debemos estar preparados para una carrera de fondo en la que sepamos disfrutar de cada avance y cada reto superado – por mucho que hayamos tardado en lograrlo – como el tesoro que es. 

Y en nuestro día a día, el quitarnos tensión y aprender a vivir algo más relajados nos facilitará enormemente el poder disfrutar de las cosas, nos facilitará el poder vivir hacia los demás, nos hará sentirnos más felices y hacer más felices a quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

La imagen es de ayochurchpic en pixabay

1 comentario

  1. Comparto la opinión de los que piensan que cuando conseguimos algo, en la mayor parte de los casos, lo que nos produce más satisfacción no es el goce de lo conseguido, sino el placer de haber superado todos los obstáculos que hemos tenido que salvar para lograrlo.

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