Para hacer frente a las dificultades, a los problemas y a las muchas responsabilidades y obligaciones que tenemos en la vida, tenemos remangarnos. Y trabajar mucho, poniendo en valor todas las capacidades y los talentos que nos han sido regalados, tratando de dar lo mejor de nosotros mismos. Sin embargo no siempre podemos con todo y hay ocasiones en las que hemos de pedir ayuda.

Pero pedir ayuda es algo que a muchos de nosotros se nos hace difícil:

En ocasiones nos resistimos a pedir ayuda a los demás por no molestar, por no andar dando la lata. Porque creemos que todos están muy liados con sus obligaciones y con sus propios problemas. Y no nos pasa por la mente ni por un segundo que para otros puede ser un placer echarnos esa mano que necesitamos.

Otras veces nos resistimos a pedir ayuda a los demás porque hacerlo implica reconocer que no podemos. Nos falta una pizca -o un mucho- de humildad y nos fastidia tener que reconocer nuestras limitaciones o que hemos calculado mal nuestras posibilidades o nuestras fuerzas. Pero es una buena cosa vencer esa resistencia y dejar nuestra soberbia arrinconada en un cajón.

Hacerlo nos sirve también para entender después a otras personas que atraviesan las mismas circunstancias: nos facilita la empatía y la cercanía con el otro.

Porque todas las personas necesitamos de los demás. Todas. Y hoy somos nosotros lo que necesitamos la ayuda del otro de la misma manera que mañana es el otro el que requiere la nuestra.

Y ahí debemos estar cuando ese otro nos necesita. Dispuestos siempre a hacer más fácil su vida. Adelantándonos incluso a esas necesidades que, si estamos atentos, muchas veces podemos ver venir.

Algunos nos resistimos a pedir ayuda a Dios, porque pensamos que Dios está para cosas más importantes«¿cómo andarle molestando con cosas tan operativas, tan del día a día como muchas veces necesitamos, con los grandes problemas que tenemos en el mundo y que a buen seguro es en lo que tiene que estar ocupado?» Ese es el sentir de muchos de nosotros. Un sentir, creo yo, equivocado: porque visibilizamos a Dios tan limitado como nosotros y con unas capacidades parecidas a las nuestras.

¿Cuándo entenderemos que Dios es infinito? ¿Cuándo entenderemos que puede estar a lo grande y a lo chico? ¿Cuándo interiorizaremos que Dios es Padre y que todas nuestras cosas le interesan? Él conoce nuestro corazón y sabe lo que necesitamos antes incluso de que se lo pidamos, claro que sí. Pero le gusta que recurramos a Él, le gusta que le contemos nuestras cosas; las buenas y las que no lo son tanto. Le gusta que le invitemos a formar parte activa en nuestra vida. ¿Qué padre o madre de aquí de la tierra no entiende eso? ¿No nos gusta acaso a nosotros que nuestros hijos cuenten con nosotros? ¿No disfrutamos acaso de poder ayudarles siempre que está en nuestra mano hacerlo? Pues mucho más ocurre en el caso de ese Dios que es, sobre todo, Padre: porque su capacidad de amar es mucho más grande que la nuestra.

A otros incluso nos da apuro pedir ayuda a Dios porque no nos sentimos dignos de ella. Por lo mucho que hemos malgastado nuestro tiempo, por lo mucho que hemos desperdiciado nuestros talentos o por las miserias que sabemos que llevamos en el corazón.

¡Pero si Dios conoce todos nuestros errores y todas nuestras debilidades y a pesar de ellas nos quiere más de lo que podamos imaginar! ¡Si está deseando, como el padre del hijo pródigo, que queramos volvernos a Él para cubrirnos de besos y hacer una fiesta en nuestro honor!

Si nos ponemos en sus manos siempre recibiremos su ayuda. Aunque muchas veces no sepamos verla. Aunque sus tiempos no coincidan con los nuestros. Él siempre nos escucha y siempre nos da a manos llenas. No por nuestros méritos, sino por el inmenso amor que nos tiene.

La imagen es de geralt en pixabay

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.