Hoy es 24 de diciembre. Estamos viviendo uno de los días más señalados, más esperados, más entrañables y más bonitos del calendario.

Esta noche celebraremos el aniversario del nacimiento de Jesús; un acontecimiento único en la historia de la humanidad: que Dios se hizo hombre y nació tan pequeñito, tan dependiente y tan frágil como cualquiera de nosotros. Y lo hizo para enseñarnos a vivir desde el amor: desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres, nuestros hermanos. Nos trajo la luz.

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»

Juan 8, 12

La celebración de este año la vamos a vivir de una manera diferente a como lo hemos hecho otros años.

Y la vamos a vivir de manera diferente porque nuestras vivencias de este año han sido singulares e intensas. Nos han hecho evidente que no tenemos todo controlado y hemos tomado conciencia de lo vulnerable que es en realidad la humanidad y lo vulnerables que somos cada uno de nosotros. Un hecho que nos puede asustar.. o que nos puede hacer sentir que somos niños en las manos de un Dios que es, sobre todo, Padre.

También la viviremos de manera diferente porque estaremos más aislados, no viajaremos y no podremos sentarnos a la mesa con algunas de las personas a las que más queremos.

Pero el Niño nacerá igualmente. Como todos los años. Y se dejará sentir en nuestros corazones.

Y volveremos a sentir -si no lo estamos sintiendo ya- eso a lo que tantas veces llamamos «el espíritu de la Navidad» y que no sabemos demasiado bien qué es:

Quizás es ese tomar conciencia de qué es lo que de verdad importa. Cuando cortamos con nuestras agendas y con las carreras y obligaciones de la vida ordinaria y podemos, por fin, parar y ponernos en manos de Dios, la conclusión siempre es la misma: son pocas las cosas que de verdad importan y no debemos desatenderlas dejándonos enredar por los espejismos del mundo.

Quizás es esa mezcla de sentimientos que parece como que se nos agolpan y nos invitan a querer ser mejores, nos invitan a querer agradecer tanto como hemos recibido, nos despiertan las ganas de compartir, y nos hacen tener más presentes a todos aquellos a los que la vida no les sonríe.

Sea lo que sea no debemos dejar que ese sentir se vaya sin más. No podemos guardarlo después de Reyes en el mismo altillo en el que guardaremos el árbol, sus adornos y el Belén hasta la próxima Navidad.

Podemos mantenerlo con nosotros. Y tener el corazón bien dispuesto siempre: 24 horas al día y 7 días a la semana. Es una cuestión de convencimiento, de actitud, de deseo… que no debe ajustarse a una fecha del calendario, por representativa y bonita que ésta sea.

En unos días, cuando la Navidad haya pasado, retiremos los adornos de nuestras casas, y nos enfrentemos de nuevo a la vida cotidiana y a un nuevo año que comienza siendo todavía difícil, podemos hacerlo desde la Esperanza, adelantando un final que será feliz. Y siendo testigos de la Luz en este querido mundo nuestro, que anda algo estropeado.

La imagen es de Angélica Mendoza en Cathopic

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