Hace unos días charlaba con una amiga que trabaja en una notaría con temas de herencias. Me contaba lo desbordada de trabajo que está con tantas personas como están falleciendo en estos meses de pandemia. Y me contaba también, con mucho desencanto, la cantidad de jugadas sucias y peleas entre herederos que presencia en su día a día. Herederos en duelo que habitualmente son familia entre sí y son familia también de la persona fallecida.

¿Qué dirían esas personas fallecidas a los suyos si tuvieran la oportunidad de hacerlo? ¿Qué cosas habrían cambiado de haber sabido que el desenlace la de su herencia iba a ser la ruptura de su familia? ¿Cómo es posible que tantas veces se antepongan los bienes materiales a unos lazos tan poderosos como son los de la sangre y como son los del amor?

El tiempo que tenemos aquí en la tierra pasa muy deprisa. Muchos de nosotros tenemos la sensación de vivir en una especie de montaña rusa en la que los acontecimientos se suceden muy rápido. Y entre obligaciones, tareas, trabajos y quehaceres domésticos se nos pasan los días volando. Y las semanas. E incluso los años.

Hasta en estos meses extraños de pandemia en los que parece que en el mundo hemos sufrido un parón y todos hemos pasado mucho más tiempo en casa, el tiempo también ha volado. Y ya tenemos la Navidad, como aquel que dice, a la vuelta de la esquina. Y a los que nos gusta hacer balance a fin de año y buenos propósitos para el año siguiente pronto nos encontraremos a nosotros mismos reflexionando sobre el año que acaba de pasar y mirando hacia el año venidero desde la esperanza.

Hay veces que tenemos la sensación de que van pasando las cosas a una velocidad de vértigo sin que nosotros llevemos realmente el timón de nuestra vida. Porque nos vemos continuamente surfeando en ella, adaptándonos, resilientes, a las circunstancias que se nos van presentando.

Pero es importante que seamos nosotros, en la medida de lo posible, los que gobernemos nuestra vida. Y para ello una buena herramienta puede ser plantearnos pensar ¿qué es lo que me gustaría haber hecho el día que me toque pasar de este mundo a la casa del Padre?, ¿qué es lo que me gustaría ver al mirar atrás?, ¿qué herencia es la que quiero dejar tras mi paso por este mundo?, ¿por qué me gustaría que me recordaran aquellos a los que dejé detrás de mí?

El dinero y los bienes materiales, que tanto atan en esta vida y tanto nos esclavizan no nos lo llevaremos con nosotros. Se lo dejaremos, si los tenemos, a nuestros hijos o a quienes nos vayan a heredar. ¿Pero, de verdad es eso lo mejor que podemos dejarles?

Desde esa perspectiva y con esa mirada cobran su justo valor qué cosas son las que habrán merecido la pena y que constituirán nuestra herencia más valiosa:

El tiempo que hemos regalado. Ese bien tan escaso que hemos sido capaces de liberar para estar con las personas a las que más queremos y también a tantas otras personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Tiempo para disfrutar con ellos y tiempo también para cuidarlos y para atenderlos. Ese tiempo y esas vivencias compartidas son las que configuran los recuerdos y sentimientos que quedarán para siempre en la memoria y en el corazón.

Haber dejado un testimonio de vida coherente con los valores que decimos profesar. Una vida comprometida. Una vida lejos de la mediocridad. Una vida por la que hayamos pasado sin tirar la toalla, luchando para sacar adelante a los nuestros. Y luchando también para para tratar de dejar un mundo mejor que el que nos encontramos cuando llegamos a él. Desde nuestra vida ordinaria.

Haber dejado un testimonio de Fe. De que otra vida es posible. De que se puede vivir aquí en la tierra de la mano de la familia del Cielo, haciendo equipo con Dios.

Haber acercado a otros a Dios. Porque no hay nada más importante que podamos regalar a otra persona que una vida con sentido.

La imagen es de karolina en pexels

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