
«El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”»
Evangelio Juan 7, 37 – 39
El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.
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El agua viva

Para tener ese Espíritu de Dios, una sola cosa es necesaria: vivir para amar. Es el camino del amor un camino en el que se avanza poco a poco. Y en la medida en la que se va amando más, más se recibe ese espíritu que va, a su vez, aumentando la capacidad de amar. Gracias a ese mayor espíritu se ama más y más se recibe nuevamente de ese espíritu … llegándose a entrar de esta manera en un círculo virtuoso en el que se va sintiendo cada vez más «al estilo» del Padre. Y se crece también en paralelo en confianza y en intimidad con Él. Quien entra en ese círculo virtuoso y consigue llegar ese estadio, disfruta de una felicidad plena, honda, duradera, que más bien es un estado del alma que se convierte dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
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