Hace tan solo unos días, con España en pleno estado de alarma y la ciudad de Madrid en fase 0, recibíamos con perplejidad la noticia de que en un solo fin de semana la policía había disuelto 30 botellones en la ciudad. Un comportamiento por parte de nuestros adolescentes absolutamente inadmisible. Porque, para lo bueno y para lo malo, a día de hoy ya tenemos claro que si no remamos todos en la misma dirección no saldremos de ésta. Porque todos estamos conectados.
Y ese es uno de los grandes aprendizajes que, en mi opinión, nos dejará el Covid-19.
Desde que yo tengo uso de razón, la sociedad que he vivido ha sido una sociedad tremendamente individualista. Una sociedad en la que hemos visto como normal el ir cada uno a lo nuestro sin importarnos demasiado lo que le pasara al de al lado. Una sociedad en la que, de manera sistemática, hemos ido dejando tirados en la cuneta a todos aquellos a los que, por una u otra razón, las cosas no les han ido bien y no han contado con una red personal que cuidara de ellos.
Hoy las cosas han cambiado. En un tiempo récord. Y mucho. Y sabemos que si nuestros adolescentes no se quedan en casa, nuestra querida ciudad no superará la pandemia. De la misma manera que tenemos claro que si no cuidamos de las personas sin hogar el virus seguirá en la calle. Porque todos estamos conectados, lo que nosotros hacemos repercute en los demás y lo que hacen los demás tiene también incidencia en nuestra vida: nuestro bienestar personal y el bienestar colectivo están entrelazados. Y tan importante es usar mascarilla para que no nos contagien como lo es usarla para no contagiar a las personas que van pasando a nuestro lado.
Es momento de de poner el bien común por encima de nuestro bienestar personal, nuestros intereses y nuestras apetencias.
También hemos tomado conciencia de que todos necesitamos de todos. ¡Con lo autónomos que nos sentíamos planificando nuestra vida a medida de nuestras agendas, nuestros recursos y nuestras capacidades! ¡Qué lejos vemos eso ahora! ¡Y qué ingenuo!
Y, por descontado, hemos comprobado, una vez más, lo muchísimo que necesitamos de ese Dios que, sobre todo, es Padre.
Jesús pasó sus tres años de vida pública llamándonos a la unidad. Y cuando quiso resumir su doctrina lo hizo en algo tan sencillo y tan hondo a la vez como el amor a Dios y el amor a los hombres. Dos mandamientos que realmente son uno solo, puesto que la mejor forma que tenemos de demostrar nuestro amor a Dios es cuidando de sus hijos.
Nos invitó a que las personas nos mirásemos unas a otras como hermanas. Y que como hermanas nos quisiéramos y nos cuidásemos. Su invitación siempre tuvo sentido y siempre, además, proporcionó la verdadera felicidad a todo aquel que supo hacer de ella su estilo de vida. Pero hoy parece que su propuesta se nos hace, además, necesaria, porque solamente juntos, saldremos adelante.
Mientras asistimos -una vez más- al bochornoso espectáculo que nos están brindando nuestros políticos, con sus jugadas sucias, su división y su falta de altura de miras, los ciudadanos, con independencia de la ideología que tengamos cada uno, debemos impedir que nos conviertan en sus rehenes. Y debemos continuar organizándonos para que sigan surgiendo tantas iniciativas de ayuda mutua como están saliendo a nivel de barrio, desde la base: de los ciudadanos para los ciudadanos. O, mejor dicho, de las personas para las personas.
Es el momento de vivir como la comunidad que siempre debimos ser.
Si queremos vencer a esta pandemia que tanto nos está agobiando y si queremos, después, salir adelante como país y reconstruir nuestra economía, no nos queda más remedio que hacerlo juntos. Todos. Sabiendo anteponer el bien común a nuestros intereses y apetencias personales.
La imagen es de @thiszun en pexels.com

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