
Estamos viviendo una etapa dificilísima debido a la pandemia que, en poco menos de 3 meses, se ha extendido por el mundo entero.
Con el fin de frenar su propagación hemos cerrado fronteras entre países, hemos cortado comunicaciones, hemos cerrado comercios, guarderías, colegios, universidades, empresas, bares, restaurantes, museos e iglesias. Y, de la noche a la mañana, hemos visto nuestros hospitales desbordados y hemos comenzado a vivir recluidos en nuestras casas para evitar contagiar a otros o ser contagiados por ellos.
En un tiempo récord, esta situación -para la que el mundo no estaba preparado- se ha traducido en una crisis sanitaria, una crisis económica y una crisis social. Y lo cierto es que aún no sabemos lo que nos queda por delante.
Muchos de nosotros veníamos de vivir una vida bastante sobrecargada de responsabilidades y tareas, en la que teníamos la sensación de que al día le faltaban horas para poder llegar a todo. Y de un día para otro nos hemos visto en casa, 24 horas al día y 7 días a la semana y sabiendo que vamos a continuar en esta situación, en el mejor de los casos, tres o cuatro semanas más.
Y nos vemos obligados a tener que aprender a convivir, de nuevo, con nuestras familias. Porque nada tiene que ver nuestra vida anterior -en la que habitualmente pasábamos muchas horas fuera de casa- con nuestra nueva vida, llena de nuevas rutinas originadas por la nueva situación: porque ahora hacemos todas las comidas en casa, porque la casa se ensucia más y hay que organizarse para tenerla limpia, porque tenemos que hacer el deporte también dentro de casa, porque tenemos que facilitar que quienes tengan que estudiar o tele trabajar puedan hacerlo, porque….
Con la convivencia forzosa 24 / 7 pueden surgir roces. Y muchos. Muy especialmente si contamos con algún enfermo entre nosotros al que tenemos que tener aislado.
Pero de esta situación también podemos salir fortalecidos a nivel personal y también como familia. La receta, una vez más, la encontramos en el Evangelio:
Debemos ser generosos y dar sin tratar de recibir nada a cambio. Dejando a un lado ese «primero yo, después yo y luego también yo» para anteponer las necesidades, las apetencias y los intereses de los otros a las nuestras. Es ese negarse a uno mismo que explicaba Jesús, que hace que el otro se sienta cuidado y atendido.
Tener una actitud generosa suele tener, además, un efecto secundario y es que resulta contagiosa: hace que los de alrededor también quieran ponerse al servicio del resto. Con lo que se crea un clima en el que la convivencia resulta fácil y agradable.
Debemos cultivar la paciencia. Quizás podamos empezar por tratar de juzgar menos lo que hacen los demás. O, en lugar de fijarnos tanto en lo que hacen mal o en lo que deberían ser, tratar de mirarlos con un poco más de empatía, haciendo un esfuerzo para ponernos en su piel y entender sus porqués.
Debemos guardar el orgullo en un cajón y pedir perdón cuando hacemos las cosas mal. Y debemos también perdonar. Todas las veces que haga falta. Hasta setenta veces siete. Si. Sin rencores. De la misma manera que a nosotros nos gusta que nos perdonen.
Debemos ser responsables. Y eso, a día de hoy, se traduce en que debemos hacer todo lo posible para no tener que salir de casa. #YoMeQuedoEnCasa.
La imagen es de congerdesign en pixabay
Gracias Marta ,son medidas muy básica pero que es muy bueno recordarlas en estos momentos tan difíciles para todos ,como siempre, todo esta en el evangelio pero hay que repasarlo de vez en cuando y ahora vamos a tener mucho tiempo para hacerlo