
A lo largo de todo el Evangelio está muy presente el concepto de la luz, muy frecuentemente en contraposición a las tinieblas. Jesús dice de sí mismo que es la luz del mundo y nos pide también a nosotros que seamos luz para los demás.
¿Qué es lo que quiere decirnos con eso?
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»
Evangelio Juan 8, 12
Ocurría en tiempos de Jesús, y sigue ocurriendo ahora, que muchas personas caminan en la oscuridad: andan perdidas como ovejas sin pastor, en busca de un sentido y una felicidad que nunca terminan realmente de llegar, porque donde los buscan – en el dinero, en el prestigio, en el pasarlo bien o en el reconocimento social- no los encontrarán jamás.
Y precisamente por lo perdido que andaba el mundo y por lo errado de sus sus ideales y sus valores se hizo necesario que viniera Jesús a enseñarnos el camino a seguir. Naciendo de María se hizo tan hombre y tan vulnerable como cualquiera de nosotros, pero lo cierto es que tenía la verdad con él. Toda la verdad. Y la compartió con todos aquellos que quisieron escuchar su mensaje entonces. Y la mostró también con su estilo de vida a todos aquellos con los que compartió sus días.
El problema es que las personas muchas veces nos resistimos a ver la luz. Porque verla ha de tener necesariamente consecuencias. Y vivirla implica hacer cambios en nuestra realidad. Nos obliga a esforzarnos para liberarnos de tantas cargas pesadas que llevamos en la mochila (egoísmos, envidias, soberbias) y nos obliga también a empezar a mirar a los demás con ojos de misericordia, de hermanos, de iguales. Su propuesta es una carrera de fondo que debemos enfrentar sin prisa. Pero hay que querer empezar. Y hay que ponerse en camino. Y tomarse las cosas en serio. Sin posponerlas eternamente, tratando con ello de engañar a los demás, engañarnos a nosotros mismos y engañar a Dios. Aquí y ahora es un buen sitio y un buen momento para empezar. Sin dejar demasiado espacio a ese disernimiento y a esa planificación a los que tan aficionados somos muchos de nosotros
Cuando finalmente damos el paso y poco a poco vamos tratando de llevar una vida coherente con la Fe que decimos profesar, nuestra vida comienza a transformarse en otra vida diferente. Y, sin buscarlo, comienzan a transformarse también los entornos en los que nos movemos.
Porque en torno a las personas generosas -en su sentido más amplio: generosas con su tiempo, generosas con su dinero o generosas con su perdón- suele generarse un entorno amable que resulta atractivo y contagioso para otros, que también pueden sentirse así con ganas ser mejores o ganas crecer.
Eso es ser luz para el mundo. Y a eso es a lo que todos estamos llamados.
«Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los Cielos»
Evangelio Mateo 5, 14 – 16
En un mundo en el que salir adelante resulta tan complicado para tantas personas; en un mundo en el que no tenemos más remedio que aprender a fuerza de equivocarnos, caer y volvernos a levantar; en un mundo en el que reina el egoísmo y tantas personas se van quedando atrás ¿qué podemos dejar a quienes nos rodean que tenga más valor que ese mensaje y ese estilo de vida que tanta felicidad genera en quien lo lleva y entre quienes lo rodean?
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