
En nuestra sociedad, y muy especialmente en las grandes ciudades, vivimos habitualmente con prisa. Porque son muchas las obligaciones y responsabilidades que todos tenemos, porque las distancias son largas y también porque nos vemos inmersos en el rápido ritmo de vida que se ha terminado imponiendo. Habitualmente nos queda muy poco tiempo disponible para los demás y muy poco tiempo para pasarlo con Dios.
Con este panorama -que yo sin duda vivo en primera persona cada día- escuchar al otro se ha convertido en algo realmente complicado. Escucharlo de verdad. Porque las prisas, más allá de la limitación del tiempo, nos hacen tener una disposición personal como de impaciencia, que definitivamente impide esa escucha.
Otro importante freno a la escucha es esa hiperconexión en la que muchos de nosotros también vivimos. Porque nos mantiene el pensamiento saltando de un tema a otro cuando permitimos que mensajes de whatsapp o alertas interrumpan nuestras conversaciones con los demás. Por mucho que nos empeñemos en engañarnos a nosotros mismos y nos creamos que podemos hacer dos cosas a la vez. No es así.
Lo cierto es que la escucha al otro de verdad a día de hoy se ha convertido en algo tan singular que la solemos acompañar de un adjetivo cuando queremos referirnos a ella: «escucha activa». Que no es más que atender a quien nos habla poniendo en su conversación nuestro cinco sentidos para poder atenderle con interés; dejando lejos el móvil o cualquier otra distracción que nos pueda sacar de la conversación.
Esa escucha, además de obligarnos a procesar lo que el otro nos pueda decir, implica interés en ver más allá de las palabras pronunciadas, tratando de entender sus porqués, lo que lleva en el corazón o su estado de ánimo. Desde la cercanía. En el mismo plano. Desde la empatía. Con la vocación de ayudarle si es ayuda lo que necesita, la de aconsejarle si es nuestro consejo lo que busca o la de escucharle sin más si es desahogarse lo que demanda.
Cuando escuchamos al otro activamente, con atención plena, de alguna manera le estamos haciendo ver que nos importa lo que nos dice y que nos importa él. Lo cual, además de ser un buen comienzo, empieza a ser algo poco común en esta sociedad nuestra en la que, cada vez más, cada uno va a lo suyo.
En mi opinión, deberíamos esforzarnos por escuchar activamente siempre. Y, por supuesto, hacerlo sin buscar nada a cambio; sin buscar que el otro nos corresponda y sin buscar siquiera su reconocimiento; nuestra recompensa ha de ser tan solo que quede atendido. De la misma manera que a todos nos gusta ser escuchados cuando queremos compartir cualquier cosa que llevamos en el corazón.
Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas
Evangelio Mateo 7, 12
Quien siempre, siempre, siempre estará dispuesto a escucharnos activísimamente es Dios. Ese Dios que es, sobre todo, Padre, que nos conoce mejor que nosotros mismos, que nos quiere más de lo que podríamos soñar y que además sabe siempre lo que sentimos, lo que nos preocupa, lo que nos inquieta, lo que deseamos, lo que necesitamos y lo que nos hace felices. ¿Puede haber mejor confidente?
La imagen es de StockSnap en pixabay
Deja una respuesta