Agua

Sociedad líquida, modernidad líquida o amor líquido son nuevos términos -que acuñó el sociólogo Zygmunt Bauman– que definen el momento histórico en el que estamos viviendo nosotros hoy. Un momento histórico poco predecible, en el que las realidades sólidas de nuestros abuelos, como el trabajo o el matrimonio para toda la vida, están desapareciendo, dejando paso a un mundo mucho más precario, más incierto, más provisional; un mundo que evoluciona cada día más deprisa y que nos obliga a adaptarnos y a evolucionar con él si no queremos quedarnos atrás.

Es bien cierto que quienes estamos viviendo este cambio de época nos vemos obligados a no acomodarnos ni por un segundo, a estar en constante aprendizaje y en un proceso de evolución continuo. Muchos de nosotros incluso nos hemos reinventado, muy especialmente en el ámbito laboral, puesto que las empresas y las organizaciones en las que trabajamos hoy apenas si dejan entrever a las empresas y organizaciones que eran hace 10 o 15 años.

Tiene ahí todo su sentido, creo yo, ese concepto de «liquidez»; porque debemos acomodarnos a los cambios que estamos viviendo de la misma manera que el agua amolda su forma en cada caso a la forma del recipiente que la contiene. Y sigue siendo la misma agua.

Sin embargo, en mi opinión, esta nueva forma de vivir en la que la provisionalidad reina en nuestras vidas, no tenemos por qué llevárnosla también a las relaciones personales. Es más: creo que no debemos, en ningún caso, llevarla a las relaciones personales.

Porque podemos y debemos comprometernos con nosotros mismos. Tener claro qué queremos llegar a ser y luchar por ello. Si cambia nuestro entorno, sus costumbres y su forma de hacer las cosas, podemos cambiar de estrategia y adaptarla a la realidad que nos va sobreviniendo. Pero nuestro objetivo final puede y debe ser inamovible. Por supuesto que sí. No debemos dejar que los cambios, las novedades y las modas de turno nos lleven un buen día a no reconocernos a nosotros mismos o a no encontrar en nuestro corazón ni los restos de aquello que un día soñamos ser.

Porque podemos y debemos comprometernos con los demás. Comprometernos en firme. Hoy, igual que años atrás hacían nuestros abuelos, podemos casarnos con la determinación de que el matrimonio sea para toda la vida. Hoy, igual que entonces, podemos también tener amigos para siempre. Y hoy, igual que entonces, quienes nos van rodeando en el camino de la vida, deben de poder saber que pueden contar con nosotros siempre que nos necesiten.

Porque podemos, si querernos, comprometernos con Dios. Para siempre. Aunque a veces le fallemos y demos pasos hacia atrás.

Mantenernos firmemente comprometidos con Dios, con los demás y con nuestros valores, es edificar nuestra casa sobre roca:

Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en practica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida

Evangelio Lucas 6, 47-48

Y si hay algo que sin duda está bien lejos de ser precario, incierto o provisional es el amor que Dios nos tiene. Ese Dios que siempre ha sido, sobre todo, Padre, que lo sigue siendo hoy y que podemos estar seguros de que siempre lo será.

La imagen es de kennysarmy en Flickr

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.