Evangelio del día Imagen noviembre 2018

Evangelio Lucas 20, 27 – 40 «Los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos ya no pueden morir, ya que son como ángeles»

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos». Intervinieron unos escribas: «Bien dicho, Maestro». Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

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Dios nos creó libres y con esa libertad, en el marco de nuestras circunstancias, cada uno de nosotros escoge el estilo de vida que quiere llevar: hay quienes escogen el estilo de vida que nos propuso Jesús, el del servicio a los demás  – aunque unos días se consiga más que otros –  y quienes escogen vivir ocupándose fundamentalmente de si mismos. Sólo la primera de las dos opciones da sentido a la vida y lleva consigo la felicidad aquí en la tierra.  Y solo ella facilita el acceso al Cielo tras la muerte. Pero hemos de querer escogerla y vivirla, aunque sea con tropezones, porque al final de nuestra vida se nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho con ella y tan sólo por el amor que hayamos sembrado – o no – seremos juzgados

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