Evangelio apc Mar

En ocasiones muchos de nosotros nos comportamos de una manera poco coherente con la fe que decimos profesar. Creemos tener fe e incluso nos atrevemos a decirlo públicamente, pero cuando llega la hora de la verdad, cuando llega el momento de ponerla en valor y demostrarlo, nos comportamos como si no la tuviésemos. Y nos asaltan los miedos y las dudas.

Esto es precisamente lo que en este pasaje del Evangelio le ocurrió a San Pedro:

Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».  (Evangelio Mateo 14, 22 – 32).

Jesús se retira al monte para orar, para estar con el Padre. Es algo que hace con frecuencia, cuando sus tareas se lo permiten. Y es algo que deberíamos hacer también nosotros: podemos compartirle nuestras preocupaciones, compartirle nuestros problemas, pedir por nuestras necesidades y las necesidades de quienes nos rodean, dar gracias por lo que nos da – e incluso por lo que no nos da – o, simplemente, estar con él. Es todo un privilegio saber que tenemos «tan a mano» a un Padre tan cercano, que tanto nos quiere y que, además, todo lo puede. De esa oración a veces salimos con el consuelo, las respuestas o la fortaleza buscados, otras veces, por el contrario parece como si el Padre se nos hiciera de rogar. No pasa nada: podemos tener la seguridad de que Dios siempre, siempre, siempre nos escucha. Él tiene sus tiempos y muchas veces no coinciden con los nuestros.

Las primeras palabras que pronuncia Jesús al alcanzar a los suyos son «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Cuántas veces invitó a los apóstoles y cuántas veces nos invita también a nosotros a vivir sin miedo. Los miedos llegan siempre, antes o después, pero se pueden superar cuando se tiene la confianza puesta en el Padre.

Pedro en esta ocasión lo consigue: tiene miedo pero también tiene fe, confía en que puede llegar a hasta donde se encuentra el Maestro andando sobre las aguas y da los primeros pasos. Pero cuando siente la fuerza del viento duda, pierde la confianza y se hunde.

Qué consolador es para mí ver cómo Pedro en tantas ocasiones comete errores, se equivoca con sus palabras, se equivoca con sus obras y, como en este caso, se equivoca con sus pensamientos. Me resulta consolador por lo humano, por lo cercano, por lo vulnerable; ¿cuántos de nosotros no hubiésemos dudado igual que él, al sentir la fuerza del viento?. Y ese Pedro, tan humano y tan cargado de debilidades fue, nada menos, la piedra que después escogió Jesús para asentar esta Iglesia nuestra.

Nosotros también dudamos. Al menos, yo lo hago. Y aunque decimos tener fe, lo cierto es que muchas, muchas veces nos comportamos como si todo dependiera tan solo de nosotros. Y es ahí cuando se hacen fuertes los miedos y las inseguridades: inseguridad en nuestras capacidades, inseguridad en nuestra fortaleza, inseguridad en nuestras posibilidades ¿cuándo actuaremos como si de verdad, de verdad confiásemos en que tenemos un Dios Padre respaldándonos? En el fondo, nuestra manera de comportarnos lo que demuestra es falta de confianza en ese respaldo. Nuestro comportamiento muestra nuestras dudas.

No son las dudas, por otro lado, algo de lo que debamos avergonzarnos. Sabemos que llegan, sabemos que van a seguir llegando, y sabemos que tendremos que enfrentarlas y superarlas. Lo importante, en mi opinión, es que cuando se presenten sepamos perseverar hasta que amaine la tempestad.

Jesús siempre estará ahí. Y, al igual que en esta ocasión hizo con Pedro, cuando nos hundamos extenderá su mano, nos agarrará y nos sacará a flote. Nunca abandona a los suyos.

La imagen es de Finmiki en pixabay

1 comentario

  1. San Agustín decía: «esfuérzate como si todo dependiese de ti y confía como si todo dependiese de Dios» 😉

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