Evangelio apc Barcos de papel

«Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Evangelio Juan 6, 27).   

En el mundo de las empresas, en el mundo profesional, somos conscientes de la importancia de trabajar por objetivos: determinamos el fin que queremos conseguir con nuestro trabajo y, una vez bien definido, diseñamos la estrategia y los pasos a ir dando para tratar de alcanzarlo.

Esto, que tan básico es el ámbito del trabajo, no nos lo llevamos habitualmente a la esfera de lo personal. ¿Tenemos claro qué clase de persona querríamos llegar a ser?. Algunos de nosotros es posible que esta pregunta no nos la hayamos ni planteado o que, si lo hemos hecho, no tengamos una respuesta del todo clara. Y lo cierto es que, en mi opinión, es importante tenerla clarísima. Porque si no es así no estaremos llevando el timón de nuestra propia vida, siendo fácil que nos dejemos arrastrar por los placeres del mundo, por lo que hacen las personas que nos rodean o por las modas que se vayan imponiendo en cada momento.

En este pasaje del Evangelio Jesús nos invita a movernos en la vida, no en busca «del alimento que perece» sino en busca «del alimento que perdura para la vida eterna».

¿Qué es lo que nos quiere decir con esto?

En nuestra sociedad, durante la niñez y la adolescencia nos insisten mucho en la importancia de sacar buenas notas, llegar a tener una sólida formación académica, unas excelentes competencias y habilidades y una buena actitud o disposición en el colegio, en la universidad o en el trabajo. Siendo todo esto bueno, que en mi opinión desde luego lo es, si nos quedamos aquí, puede llevarnos apenas sin darnos cuenta a que, ya de adultos, tengamos el foco de nuestra vida en la carrera profesional, en el poder, en el dinero que vamos ganando o que podríamos llegar a ganar o en lo que nos podríamos divertir o podríamos comprar con ese dinero. Todo eso es alimento perecedero.

Jesús nos propone que pongamos el foco de nuestra vida en los demás y que vivamos con una clara disposición al servicio de quienes nos rodean. Eso es el alimento que dura hasta la vida eterna.

¿Quiere decir esto  que estudiar mucho, trabajar mucho o divertirse no sea bueno?, ¡en absoluto!. Que seamos personas trabajadoras y que lo pasemos bien es algo bueno. Bueno no, buenísimo y también necesario. Lo importante es que lo que tengamos en el corazón, eso que nos apasiona, eso que nos mueve, eso que nos hace levantarnos con ilusión cada día, no sea el poder, el dinero, el consumo o los placeres del mundo sino los demás. Y que cuando vayamos dando pasos adelante en la vida, éstos vayan siendo en una dirección que nos haga irnos asemejando cada vez más a la clase de personas que Jesús quiere que seamos: personas que viven la vida ordinaria con un corazón extraordinario.

A efectos del Cielo da igual si somos presidentes del Gobierno, si somos directores generales de una multinacional, si nos dedicamos al cuidado de nuestra familia, si atendemos un comercio o si conducimos autobuses: lo que importa es qué es ese «algo» que nos hace levantarnos cada mañana y qué disposición tenemos hacia los demás. Lo esencial no es tanto lo que hacemos como qué actitud es la que tenemos siempre; estemos donde estemos.

En nuestra mano está elegir dónde poner nuestro corazón: si ponerlo en el alimento que perece o en el alimento que perdura para la vida eterna.

La imagen es de congerdesign en pixabay

4 comentarios

  1. «Lo esencial no es tanto lo que hacemos sino qué actitud es la que tenemos siempre; estemos donde estemos». Es la vida nuestra.
    El corazón, físicamente muy estropeado, espiritualmente extraordinario.
    Os quiero. Un abrazo

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