Evangelio apc Mirando a fuegos artificiales

La Fe, cuando es verdadera, es un pilar insustituible en la vida: nos hace sentir seguros, nos hace sentir queridos y nos ayuda enormemente a enfrentar los problemas desde la esperanza; tanto los grandes – esos que a veces nos superan – como las pequeñas dificultades más propias del día a día.  

Son muchas las veces que Jesús en el Evangelio nos invita a vivir con Fe. Una de esas ocasiones se da cuando se le acerca un centurión del ejército romano para rogarle por la curación de su criado:

Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». Le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va: al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace». Al oirlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado. (Evangelio Mateo 8, 5 – 13).

El centurión que protagoniza este pasaje del Evangelio demuestra, con su actitud y sus palabras, ser un hombre bueno: está pendiente de su criado, se preocupa por él y hace todo lo que está en su mano para poder ayudarle; en esta ocasión, salir en busca de Jesús para pedirle que lo sane.

Más adelante, en la Última Cena, Jesús diría aquello de En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros (Evangelio Juan 13, 35).   Pese a no ser judío y estar al servicio del ejército romano, para Jesús este centurión era «de los suyos».

Demuestra también el soldado ser un hombre de Fe. De mucha Fe. Confía en que Jesús puede sanar a su criado, e incluso confía en que pueda hacerlo sin siquiera verle ni tocarle; sabe que basta con que el Maestro así lo quiera. Todo un ejemplo para muchos de nosotros, que tantas veces tenemos una Fe que se nos queda en pura teoría, porque cuando llega el momento de ponerla en valor y de tirarnos en los brazos del Padre, lo cierto es que confiamos tan solo en nuestras fuerzas.

Jesús sabía que debía centrar su predicación y milagros entre los judíos; serían los apóstoles quienes después tendrían la misión de extender el cristianismo por el mundo tras su muerte. Sin embargo, en esa ocasión, se encuentra con un hombre tan de su agrado, tan cerca de lo que quería para todos nosotros, que no se resiste. Y le regala un milagro grande: tan grande como su Fe.

Jesús y el Padre requieren de la Fe para hacer milagros. En algunas ocasiones, de hecho, detalla el Evangelio cómo Jesús no pudo hacer milagros debido a esa falta de Fe. A mí desde luego se me escapa bastante el porqué de esta necesidad, puesto que Jesús y el Padre todo lo pueden, pero lo cierto es que así es.

Y aunque, como digo, no entiendo demasiado por qué esto es así, lo cierto es que muchas veces he contrastado que en aquellas etapas en las que he estado más abierta al Padre, cuando más confianza en él he puesto, cuando más le he hecho partícipe de mis cosas, cuando más le he dado cabida en mi vida … siempre ha sido también cuando más he recibido. O, al menos, cuando más consciente he sido de su apoyo.

Vivir con fe es un privilegio porque resulta un pilar insustituible para andar por la vida: nos da estabilidad, nos da seguridad, nos da confianza, nos quita los miedos, nos vuelve valientes – ¿cómo no volvernos valientes si de verdad nos sentimos respaldados por el mismísimo Dios Padre? – nos hace sentirnos queridos a pesar de nuestras muchas imperfecciones, nos hace sentirnos cuidados, atendidos, mimados … también incluso cuando las cosas no nos salen como nos gustaría.

Conviene por tanto cuidar de la Fe, alimentarla y hacerla crecer. Para hacerlo, en mi opinión, basta con que también nosotros nos ocupemos de las cosas de Dios – de las de sus hijos – y con que le demos cabida en nuestra vida haciéndole partícipe de nuestras inquietudes, nuestras necesidades, las necesidades de los demás, nuestras alegrías y, cuando las tengamos, también de nuestras penas.

La imagen es de cathopic

1 comentario

  1. Preciosa reflexión sobre la Fe. Y yo añadiría, q desde la Fe, el regalo más maravilloso q recibimos de Dios es la capacidad de amarnos unos a otros. Para mí, no hay mayor regalo q éste.

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