La frase que da título a este post se atribuye a nuestra querida santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia. Hoy es su onomástica, así que aprovecho para felicitar a todas las Teresas que lean este post.
Es una frase que me gusta especialmente por lo bien que ilustra algo que mucha veces olvidamos, y es que con Dios podemos encontrarnos en cualquier parte. Podemos encontrarnos con Él, por supuesto, en el templo o en la oración más formal. Pero también podemos encontrarnos con Él en las tareas y labores de nuestra vida cotidiana. En lo sencillo. En lo aparentemente pequeño.
Porque lo cierto es que nuestra vida no podemos disociarla. No podemos meter a Dios en ella cuando salimos del trabajo o cuando terminamos de atender nuestras obligaciones. Dios está siempre con nosotros. También en los días de rutina. También cuando andamos entre tareas que parece que tienen poco de elevadas. También entre los agobios. También entre los pucheros.
Y sale a nuestro encuentro cuando quiere y como quiere.
Jesús salió al encuentro de Simón junto al lago de Genesaret, cuando éste había dejado de faenar y estaba ya en la orilla, desembarcado y lavando las redes. Salió a su encuentro en el entorno en el que trabajaba para ganarse la vida. No era Simón una persona erudita ni una persona perfecta. Era, más bien un hombre normalito, como podemos serlo cualquiera de nosotros. Con defectos. Con carácter. Que tenía que trabajar para vivir. Y ese Simón fue la persona a la que Jesús escogió como pilar en el que asentar su Iglesia.
En el caso de Mateo ocurrió igual. Mateo era publicano. Una persona no demasiado querida entre los judíos por trabajar para los romanos cobrando impuestos a los suyos. Jesús también le llamó cuando estaba en su trabajo, sentado en el mostrador desde el que cobraba los impuestos.
No espera Dios a que tengamos una vida pluscuamperfecta para buscarnos. Él conoce bien nuestras mochilas, nuestros defectos, nuestras preocupaciones, nuestros miedos y nuestras cargas de trabajo. Nos sueña mejores pero nos quiere tal y como somos. También sabe que muchos convivimos con una agenda que a menudo se vuelve tan imposible que apenas si nos deja un hueco de paz en el que mirar Arriba para buscarlo y ponernos en Sus manos.
Pero lo mismo da. Sale a nuestro encuentro igualmente. Para echarnos una mano. Soñando con que sepamos reconocerlo. Soñando con que accedamos a ser sus manos y cuidemos de sus hijos. Soñando con que nuestra mirada y nuestro corazón vayan estando cada día más cerquita del Cielo.
Por nuestra parte creo que debemos estar abiertos a querer ver su Mano en nuestra vida cotidiana. Abiertos a dejarnos cautivar por este Padre que es el Dios de las sorpresas. Abiertos a la escucha, a pesar del ruido que habitualmente tenemos a nuestro alrededor.
A veces resulta realmente difícil. Al menos a mí. Pero conviene perseverar desde la Esperanza. Sabiendo que Dios tiene unos tiempos que poco tienen que ver con los nuestros. Pero confiando en que es infinitamente Padre y que todo tiene su porqué y su paraqué.
La imagen es de Mrdidg en pixabay
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