«Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes»
Evangelio del día 30 de julio de 2026 – Evangelio Mateo 13, 47 – 53
En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.
La imagen es de maylai en pixabay
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Eso que no nos gusta escuchar

Muchos cristianos nos encontramos regularmente con el Evangelio. Porque lo escuchamos en misa o porque tenemos el hábito de leerlo con más o menos frecuencia. Y dejamos que el Espíritu, a través de él, nos inspire y nos haga sentir lo que en cada caso vaya resultando más conveniente.
Pero hay algunos aspectos de la doctrina que nos trajo Jesús en los que no nos gusta detenernos demasiado. Y pasamos por ellos casi de puntillas, sistemáticamente, por mucho que el Evangelio los recoja una y otra vez. Y, cuando nos encontramos con ellos, hacemos hasta lo imposible por tratar de buscarles interpretaciones que hagan posible que encajen con nuestra manera de pensar y nuestra forma de vida. Una manera de pensar y una forma de vida que muchas veces tiene mucho de egoísta y mucho de acomodada.
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