Si nos preguntaran cuándo nació nuestra Fe, probablemente cada uno daríamos una respuesta distinta. Algunos la recibimos de muy pequeños, casi sin darnos cuenta, en el seno de nuestras familias. Otros la descubrimos más tarde, en el colegio, o a través de algún sacerdote, un profesor o un amigo. O a través de una persona que se convirtió en un referente. Otros nos pusimos en búsqueda activa ya mayores porque sentimos una inquietud en nuestro interior. Sea como fuere, detrás de todas las trayectorias hay algo en común: Dios tomó la iniciativa. Porque la Fe no es una conquista nuestra. La Fe es un don que nos regalan desde el Cielo.

Y quien lo busca de corazón se acaba encontrando con él.

«Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; quien busca encuentra; y al que llama se le abre» (Mt 7, 7-8).

La Fe no es algo reservado para unos pocos privilegiados. Es un regalo que Dios desea ofrecernos a todos. Pero hemos de estar abiertos a recibirlo.

Por otro lado, la Fe no es un premio que recibimos una vez y ya queda asegurado para siempre. No es una medalla que podamos guardar en un cajón. Cuando recibimos el don de la Fe, en realidad nos situamos la casilla de salida. Y ante nosotros aparece un camino precioso que estamos llamados a recorrer.

Porque la fe es un camino. Es una relación viva que necesita ser cuidada. Del mismo modo que cuidamos las relaciones con nuestros padres, nuestros hijos o nuestros amigos, también la relación con Dios requiere de atención, tiempo y dedicación.

Necesita ser alimentada. Necesita oración, silencio, escucha y confianza. Necesita momentos de encuentro con Dios y también decisiones concretas que traduzcan esa Fe en obras.

Como toda realidad viva, la Fe atraviesa distintas etapas. Hay momentos de crecimiento y entusiasmo, pero también momentos de estancamiento. Existen épocas de luz en las que todo parece encajar, y otras de oscuridad en las que cuesta comprender lo que Dios está permitiendo. Hay etapas de certeza y etapas de duda. Momentos de consuelo y momentos de aparente ausencia. Incluso hay ocasiones en las que podemos sentirnos enfadados con Dios o profundamente desconcertados.

Pero Dios sabe servirse de todas esas etapas para hacernos crecer.

A veces nos poda para que demos más fruto. Otras veces permite determinadas dificultades para fortalecer nuestra confianza. En ocasiones nos conduce por caminos que no entendemos para enseñarnos a caminar apoyados más en Él que en nuestras propias seguridades.

En nuestra mano está perseverar cuando no entendemos. En nuestra mano está seguir confiando cuando todo parece invitarnos a hacer lo contrario. En nuestra mano está regalarle a Dios momentos de silencio para que pueda hablarnos. En nuestra mano está preguntarle por aquello que todavía no comprendemos y mantener el corazón abierto a sus respuestas, incluso cuando sabemos que no van a coincidir con lo que nos gustaría escuchar.

La Fe madura cuando aprendemos a escuchar de verdad y cuando dejamos que eso que escuchamos transforme nuestra vida.

No debemos acomodarnos en la casilla de salida ni instalarnos en una cómoda zona de confort espiritual. En la Fe siempre se puede crecer. Siempre hay un paso más que dar, una confianza más profunda que ofrecer, una entrega más generosa que realizar.

Y es precisamente avanzando en la Fe como crecemos también en el amor. Cuando dejamos que sea Dios quien mire a través de nuestros ojos, quien inspire nuestras palabras y quien actúe a través de nuestras manos, descubrimos que la caridad no es fruto del esfuerzo humano sino consecuencia de un amor que viene del Cielo.

Aquí en la tierra somos hijos de nuestros padres por nacimiento y siempre somos igual de hijos. Sin embargo, la relación filial con Dios tiene una peculiaridad: estamos llamados a crecer continuamente en ella. El camino de la Fe es un camino que nos facilita ir siendo cada vez más hijos. Más confiados, más abandonados en sus manos.

Y esa es una aventura que dura toda la vida.

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