Son muchas las ocasiones en las que nos encontramos ante una encrucijada. Tenemos que tomar una decisión, elegir entre varias posibilidades o decidir qué camino seguir, y no siempre tenemos claro cuál es la mejor opción.
A veces se trata de cuestiones cotidianas, decisiones sencillas que apenas tendrán repercusión en nuestra vida. Otras veces, sin embargo, nos enfrentamos a elecciones importantes, capaces de influir de manera significativa en nuestro futuro o en el de quienes nos rodean.
Cuando la elección es entre el bien y el mal, la respuesta suele ser evidente. La dificultad aparece cuando hemos de escoger entre varias alternativas que, en principio, son todas buenas.
Cuando tomamos decisiones, quienes son personas prudentes o reflexivas intentan tener en cuenta qué implicaciones tienen las distintas alternativas que pueden elegir, el impacto que tendría cada una de ellas, qué valores son los que están en juego o las consecuencias positivas y negativas que cada alternativa puede tener.
Pero los cristianos estamos llamados a dar un paso más. No se trata únicamente de preguntarnos qué es lo más conveniente o lo más razonable, sino de intentar descubrir qué opción está más en sintonía con la voluntad de Dios.
Conocer qué es lo que desde el Cielo quieren para nosotros no es tarea fácil. Porque estamos demasiado influenciados por los valores que se han impuesto en la sociedad en la que vivimos. Porque vivimos envueltos en los espejismos de este mundo. Porque vivimos acelerados, corriendo detrás de unas agendas imposibles que apenas dejan espacio para el silencio. Porque arrastramos nuestras propias heridas, limitaciones y miserias. O porque, con demasiada frecuencia, dedicamos poco tiempo a la oración y a la escucha.
En ocasiones, quizás en el fondo preferimos no saber qué es lo que desde el Cielo quieren para nosotros. Porque saberlo y reconocerlo nos obligaría a hacer cambios en nuestra vida que no estamos dispuestos a hacer.
Sea como fuere, estamos llamados a tratar de entender qué quiere Dios. Y, una vez descubierto, a responder con generosidad.
Conviene que nos enfrentemos a los procesos de discernimiento sin autoengañarnos, sin tener pensado por adelantado qué es lo que nosotros querríamos. Enfrentándonos a ese proceso lo más libres posibles de ataduras y lastres que nos puedan impedir elevar la mirada y volar alto.
Contamos con una regla de oro que nunca falla: la mejor opción es la que nos permite amar más y, por lo tanto, servir más y mejor. Esa siempre será la mejor opción a los ojos del Cielo y la mejor opción para nosotros.
Estamos llamados a recorrer la vida de la mano de Dios. Apoyándonos en Él. Dejando que nos guíe en la toma de decisiones. Aunque haya temporadas que no lo sintamos cerca, que nos parece que no nos escucha o no lo entendamos. Él es Padre y siempre está ahí, en la retaguardia, ayudándonos a cargar nuestra cruz de cada día y ayudándonos también a encontrar el mejor camino por el que llevarla.
La imagen es de Kranich17 en pixabay
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