«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»
Jesús invitaba con esas palabras a sus discípulos -y nos invita hoy a nosotros- a seguirle. A hacer vida su Evangelio. A vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres.
Y en esta ocasión dejaba dos claves, en mi opinión, muy valiosas:
Para vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres es preciso que nos neguemos a nosotros mismos.
Viviendo de una manera muy generosa. Anteponiendo las necesidades de los demás a nuestras propias necesidades, apetencias o conveniencias. Buscando el bien del otro antes que el nuestro. Viviendo desde el compromiso con quienes nos rodean y también con Dios.
¿Cuándo entenderemos que no podemos conformarnos con no hacer mal a nadie? ¿Cuándo entenderemos que no podemos vivir de perfil? ¿Cuándo entenderemos que la nuestra es una religión de máximos? ¿Cuándo entenderemos que esto no va de dar sino de darse?
Para vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres se hace necesario tomar nuestra cruz de cada día.
Quienes tratamos de hacer vida el Evangelio edificamos nuestra casa sobre roca. Una casa sólidamente construida que ni las arremetidas de los ríos ni los temporales consiguen derribar. Esas arremetidas no son otra cosa que las grandes dificultades que antes o después se presentan en nuestra vida de todos en forma de desamores, fracasos, decepciones, enfermedades, o problemas serios. Porque Dios no libra a los suyos de de las dificultades de este mundo; más bien quiere vernos florecer a pesar de ellas.
En esta ocasión Jesús hace referencia a nuestra cruz de cada día; esa carga cotiana con la que nos vemos obligados a convivir, que puede ir variando a lo largo del tiempo y que sin duda es distinta para cada uno de nosotros.
A veces tendremos la tentación de comparar nuestra cruz de cada día con la de quienes nos rodean, pero conviene no hacerlo. Porque el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros es distinto y los talentos que se nos regalaron al nacer también lo son.
Conviene que, como el Cireneo, nos echemos la cruz de cada día a la espalda y aprendamos a convivir con su existencia. Podemos cargar con ella sin parar de protestar y lamentarnos, de la misma manera que podemos cargar con ella tratando de avanzar en ese camino del amor que estamos llamados a recorrer, apoyándonos en ese Jesús que siempre camina a nuestro lado.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?». Evangelio Lucas 9, 22 – 25
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