Vivimos en una época en la que medimos casi todo en resultados. El valor de una persona parece estar ligado a lo que produce, a lo que consigue, a lo rápido que avanza o a la cantidad de cosas que es capaz de hacer. Sin darnos cuenta, esta forma de mirar, más propia de la vida profesional, se ha terminado colando en espacios donde no debería tener cabida entre los que, sin duda, se cuenta la vida espirtual.
Y así, muchos de nosotros, vivimos la Fe con esa misma lógica del rendimiento. Y sentimos que deberíamos rezar más, sentir más, ser más activos o mejorar más rápido. Y, cuando no conseguimos las metas que nosotros mismos nos ponemos, aparece la frustración, la culpa o la sensación de estar fallando en algo importante. Y no acabamos de comprender que la Fe no debe convertirse en otra exigencia más dentro de una vida ya llena de presión. La Fe está ahí para sostenernos y para dar sentido a todo.
No debemos vivir la Fe como si fuera otra tarea más dentro de nuestra agenda diaria. Algo con lo que hay que cumplir, desde lo concreto, igual que con el trabajo, las responsabilidades familiares o las obligaciones sociales. Cuando se vive así, pierde su fuerza transformadora y se convierte en otra carga. ¿Cuándo entenderemos que la vida interior no crece como crece una empresa ni podemos gestionarla con métricas? Nosotros nunca podremos marcar los tiempos a Dios ni gobernarlo. De ninguna manera. Él es infinitamente libre y, haciendo uso de esa libertad, sopla su Espíritu a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Y así, nuestra vida espirtual tiene etapas de progreso y de retroceso, etapas luminosas y etapas oscuras, etapas de cercanía y etapas frías, etapas de novedades y etapas de rutina. Todas ellas forman parte de nuestro camino y todas ellas son necesarias para nuestro crecimiento.
Hemos aprendido a vivir con la presión de aprovechar todo. El tiempo, las oportunidades, incluso el descanso. Pero la vida no está hecha solo para ser útil. Hay momentos que no tienen que servir para nada concreto. Son momentos que simplemente están para ser vividos, para escuchar lo que llevamos dentro o para mirar la realidad de manera consciente y sin prisa. Y es ahí donde muchas veces entra Dios.
En medio de todo esto, también aparece fácilmente la comparación. Miramos a otras personas y pensamos que viven la Fe mejor, con más intensidad o con más constancia. Pero la vida espiritual no puede ser una competición. Es una historia única, personal, que se construye en lo cotidiano, en lo que cada uno puede vivir desde su realidad concreta. Porque el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros es distinto, como también lo son los talentos que nos regalaron cuando vinimos a este mundo.
Desde el Cielo no nos llaman a hacer muchas cosas. La vida espiritual no es una carrera ni un exámen, sino un camino interior que vamos recorriendo durante toda nuestra vida. A lo único que estamos llamamos es a vivir la vida ordinaria desde un profundo amor a Dios y a las personas que nos rodean. Eso es lo que lo que da valor y hace grande nuestro día a día, lo pequeño, lo cotidiano. No hay más. Ni tampoco menos.
La imagen es de cottonbro studio en pexels
Deja una respuesta