Nuestra sociedad, nuestro estilo de vida y la forma en la que nos relacionamos está cambiando deprisa y son muchas las noticias que nos alertan de que cada vez más personas padecemos ansiedad, depresión, agotamiento emocional, sensación de vacío o de no poder más.

Y es una realidad a la que debemos aprender a hacer frente porque parece que ha llegado para quedarse, especialmente entre nuestros jóvenes.

La Fe es un pilar insustituíble en la vida de quienes queremos seguir a Jesús y hacer vida su Evangelio. Un pilar que es un tesoro siempre, pero que se nos hace especialmente valioso en las etapas de nuestra vida en las que atravesamos problemas de la naturaleza que sea.

Y los problemas de salud mental no son una excepción.

Cuando éstos se presentan, más allá del acompañamiento médico que en cada caso haya que buscar, lo cierto es que anclarse aún más a Dios puede ser de grandísima ayuda:

Porque, lejos de ver la vida como un viaje hacia ninguna parte, la Fe nos ayuda a vivir con la certeza de que todo tiene sentido. Todo tiene un porqué y todo tiene un paraqué. Incluso esas etapas de enfermedades o agobios que todos pasamos.

Sentirnos cerca de Dios nos da seguridad. ¿Cómo no sentirnos seguros sabiendo que ese Dios que todo lo puede nos quiere más de lo que podemos soñar? ¡Menuda tranquilidad da saber que tenemos semejante Padre siempre en la retaguardia! Nosotros podremos ser pequeños, con talentos limitados, fuerzas limitadas y recursos limitados… pero Dios es grande y va con nosotros siempre. ¡Cuántísimas veces dijo Jesús a los suyos -y nos sigue diciendo hoy a nosotros- eso de no tengáis miedo!

Sentirnos cerca de Dios nos ayuda a aligerar enormemente nuestra mochila. Porque, conocedores de las muchas miserias que tenemos en el corazón y conscientes de todas las veces que hemos pecado o no nos hemos comportado como deberíamos haberlo hecho, también sabemos que siempre estamos a tiempo para pedir perdón a quien podamos haber ofendido y también a Dios. De la misma manera que nosotros estamos llamados a perdonar a quien nos haya ofendido o no se haya portado con nosotros como debiera haberlo hecho. ¡Y qué descanso para el corazón es poder liberarlo de la carga de la culpa y de la carga de los rencores!

Desde el Cielo conocen bien los talentos que nos regalaron a cada uno de nosotros cuando vinimos a este mundo. Y conocen bien también nuestras oscuridades, nuestras limitaciones, nuestras heridas, nuestros miedos y nuestra fragilidad. Saben de nuestras imperfecciones y a pesar de todas ellas tienen grandes planes para cada uno de nosotros.

Sentirnos parte de esta querida Iglesia nuestra que formamos todos los que queremos seguir a Jesús y hacer vida su Evangelio también nos ayuda mucho. Porque nos hace tomar conciencia de que no estamos solos, sino que, por el contrario, formamos parte de una comunidad que es una gran familia que nos dota de identidad y nos trasciende.

Vale la pena luchar. Vale la pena confiar. Vale la pena regalarle a Dios nuestra Fe esperando un final feliz.

2 comentarios

  1. Qué bonito Marta…»esperando un final feliz», como Él nos dice: «venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré»
    Muchas gracias por tu luz!

  2. Amén. Me han venido a la mente las palabras de Cristo Resucitado, casi siempre dice 3 cosas: Paz a vosotros, No tengáis miedo, Soy Yo. …Gracias por tu artículo.

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