En este querido mundo nuestro que parece girar cada día más deprisa, los acontecimientos vuelan y nosotros intentamos no quedarnos atrás. Nos hemos acostumbrado a agendas imposibles y a vivir en un estado permanente de urgencia, como si todo tuviera que resolverse para ayer. A esto se suma que, cada vez más, la tecnología nos facilita tenerlo todo a un golpe de un clic. Y así, casi sin darnos cuenta, hemos pasado a vivir en un mundo donde la inmediatez parece algo imprescindible.
Vamos acelerados y aceleramos a quienes nos rodean. Y, posiblemente sin ser demasiado conscientes de ello, contribuimos a generar un ambiente tenso y nada favorable a las cosas del Cielo. Porque la impaciencia deja un estado interior que hace casi imposible la escucha activa, la mirada desde la empatía o la capacidad de detenernos en el corazón del otro.
Acostumbrados a esa lógica de la inmediatez, tampoco encajamos demasiado bien que Dios tiene sus tiempos. Le pedimos ayuda cuando la necesitamos y nos gustará obtenerla en el mismo momento en el que se la pedimos. Y cuando no llega como queremos o cuando queremos, nos desesperamos.
Y no sabemos ver que, cuando Dios no nos da, también nos está dando. Cuando nos mantiene en la espera, nos está podando. Nos está ayudando a subir un escalón en la Esperanza. Nos está invitando a confiar en que Él sabe más y nos está ayudando a subir un escalón también en la Fe.
Es bueno que Dios nos vaya modelando para que aprendamos a vivir ya en este mundo con la lógica del Cielo. Una lógica donde lo importante no es la rapidez, sino la profundidad; no es la eficacia, sino el amor.
La paciencia es una virtud profundamente valiosa. Es buena para quien la posee, porque genera paz interior. Y es aún mejor para quienes están a su alrededor. Porque la persona paciente no lanza juicios rápidos ni reproches hirientes. Ofrece comprensión. Ofrece espacio. Ofrece misericordia ante las debilidades ajenas. Y ¿quién no tiene debilidades? ¿Quién no tiene miserias, caídas, dudas o áreas de mejora?
El amor de Dios Padre hacia nosotros es paciente. No se cansa. No se rinde. No se precipita en condenas. Jesús también lo mostró constantemente: en su trato con los discípulos, en su mirada hacia los pecadores, en su ternura con los enfermos, en su comprensión ante los miedos humanos.
Y nosotros, llamados a vivir desde el amor, estamos también llamados a vivir desde la paciencia. Paciencia con Dios, aceptando sus tiempos. Paciencia con los demás, entendiendo sus procesos. Paciencia incluso con nosotros mismos, aceptando que somos vulnerables y estamos en camino.
Porque el amor verdadero -el amor que viene de Dios y conduce a Dios- siempre sabe esperar. Y en esa espera, sabe dejar obrar a Dios.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Primera carta de San Pablo a los Corintios 13, 4 – 8
La imagen es de quimono en pixabay
Gracias Marta, bonita reflexión sobre el saber esperar y la paciencia que me recuerda también las palabras de Santa Teresa: «la paciencia todo lo alcanza».
Propósito para mañana.
DIVINA reflexión. Me ha encantado la frase “detenernos en el corazón del otro”, es sublime