El encuentro con Jesús, si es verdadero, tiene necesariamente consecuencias en la vida. Es un encuentro que remueve por dentro, reordena las prioridades, transforma la mirada y nos despierta un fuerte deseo de querer ser mejores, más del Cielo.

Fue lo que le ocurrió a Zaqueo, años atrás, cuando alojó al Maestro en su casa.

Zaqueo no era un personaje simpático. Jefe de publicanos y rico, a buen seguro era considerado un indeseable a los ojos de los judíos, sus compatriotas. Posiblemente vivía muy bien, pero algo en su interior andaba inquieto. Por eso corre, se adelanta y se sube a un árbol para poder ver a Jesús, que estaba atravesando la ciudad.

Y entonces sucede lo imposible: Jesús se detiene, levanta la vista y lo llama por su nombre. No hay reproches, no hay condiciones previas, no hay exigencias morales antes del encuentro. Solo una invitación sorprendente: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Y así, el Maestro se cuela en su vida.

El Evangelio no detalla la conversación que mantuvieron en aquella casa. Pero, en realidad, no hace falta, porque el resultado habla por sí solo. Cuando Zaqueo vuelve a aparecer en escena, ya no es el mismo: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».

El encuentro con Jesús tocó el corazón de aquel hombre y se tradujo en decisiones concretas, y visibles. Su relación con el dinero, con los demás y consigo mismo cambió.

Y eso mismo es lo que sigue pasando hoy cuando Jesús pasa, de verdad, por la vida de cualquiera de nosotros.

Por parte del Maestro no hay reproches, no hay condiciones previas, no hay exigencias morales. Tan solo nos invita a seguirle y a hacer vida su Evangelio. No tenemos tiempo que perder.

Posiblemente algunos de nosotros comenzamos nuestra andadura tratando de hacer compatible la lógica del Cielo y la lógica del mundo… hasta que comprobamos que no es posible. Y no nos queda más remedio que salir de nuestra comodidad e instalarnos en ese otro espacio en el que ya no hay ni seguridades ni certidumbres; un territorio en el que nos adentramos tan solo con la Fe y un fuerte deseo de querer ser mejores.

Y empezamos así a hacer vida el Evangelio desde lo pequeño, desde lo ordinario, desde lo concreto.

Entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido»

Evangelio Lucas 19, 1 – 10

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