En un mundo lleno de prisas, tensiones, ruidos y pantallas que nunca se apagan, la paz parece a veces un lujo reservado para unos pocos. Y, sin embargo, el Evangelio insiste en que la paz no es un sueño ingenuo: es un don que Dios ofrece y, también, un camino que los creyentes estamos llamados a recorrer.

El próximo domingo encenderemos la vela de la paz de la corona de Adviento, también conocida como la vela de Belén.

Adviento es espera activa, deseo vigilante, preparación confiada. En su segunda semana, se nos invita a dejar que desde el Cielo pacifiquen lo que llevamos dentro, para que podamos ser portadores de paz.

Dejar que Dios pacifique lo que llevamos dentro

Todos nosotros estamos llamados a vivir con paz interior: un estado personal de equilibrio, de alegría y de serenidad. Un estado que es posible alcanzar incluso cuando vivimos rodeados de problemas y de dificultades .

La paz interior llega cuando nos sabemos personas comprometidas. Comprometidas con quienes nos rodean, comprometidas con el mundo y comprometidas con el Evangelio. Siempre podremos hacer más y mejor, claro que sí, pero lo importante es sabernos en el camino correcto.

La paz interior llega cuando vivimos, de verdad, desde la Fe. Remangados y trabajando, sí. Pero con la confianza puesta, sobre todo, en Dios.

La paz interior llega cuando vivimos con la certeza de que todo tiene sentido.

Ser portadores de paz

La paz entre los pueblos y la paz entre las personas, muchos de nosotros la asimilamos a la ausencia de peleas, a la ausencia de enfrentamientos y a que se respire un ambiente –al menos aparentemente– tranquilo.

Pero la ausencia de enfrentamientos en una sociedad como la nuestra, suele ocultar situaciones injustas, egoísmos y abusos. Y está lejos de la paz que vino a traernos Jesús.

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo»

Evangelio Juan 14, 27

Jesús vino a este mundo a enseñarnos a vivir desde el amor. Desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a las personas. Y, cuando de verdad nos importan las personas, nos duelen los atropellos y los abusos que se cometen contra ellas. No nos sentimos cómodos viendo cómo se esconden las injusticias debajo de la alfombra y nos sentimos llamados a actuar.

Habitualmente podremos construir la paz desde lo aparentemente pequeño: el perdón, la comprensión, la disculpa o la elección de palabras constructivas.

En otras ocasiones nuestras acciones tendrán que tener una envergadura mayor. Aunque no sea fácil. Aunque pueda no gustar demasiado a quienes nos rodean. Aunque resultemos incómodos. Aunque podamos salir mal parados.

La paz verdadera sólo puede asentarse sobre la justicia.

Este Adviento tenemos la oportunidad de dejar que se asiente en nuestro corazón la paz de ese Niño que está a punto de nacer para que, a través de cada uno de nosotros, llegue un poco más al mundo.

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