Muchos de quienes queremos seguir a Jesús y hacer vida su Evangelio tenemos claro que está en nuestra mano poner rumbo al Cielo mientras transcurren nuestros días aquí en la tierra. Para ello, basta con que empecemos a vivir, de verdad, desde el amor.
Pero, aunque nos sepamos bien la teoría, lo cierto es que hay algo que a muchos de nosotros nos pesa y nos frena: los errores que ya hemos cometido en el pasado.
Todos hemos pecado, todos hemos dudado y todos nos hemos dejado llevar por las miserias que llevamos en el corazón; unos por el egoísmo, otros por la soberbia, otros por la pereza, otros por el orgullo y otros por el rencor.
De la misma manera que todos hemos desperdiciado un tiempo precioso de nuestra vida en cosas que, sin ser necesariamente malas, bien podríamos haber empleado en lo que de verdad importa. ¡Cuánto tiempo malgastado en frivolidades! ¡Cuánto tiempo invertido en trabajos interminables! ¡Cuánto tiempo malgastado en llevarnos disgustos por cosas que en realidad no merecían la pena!
Y, como no es posible dar marcha atrás y reescribir nuestra historia, de alguna manera nuestro pasado nos hace sentir que ya no podemos llegar todo lo lejos que podriamos haber llegado si desde el principio hubiéramos hecho las cosas bien.
Pero es un sentimiento hay que desechar lo antes posible porque es un error. Un gran error.
¿Fueron acaso perfectos los apóstoles de Jesús desde el momento en el que lo conocieron? No. No lo fueron. Después de meses y meses de convivencia con su Maestro seguían tropezando una y otra vez en las mismas piedras que nos tropezamos nosotros, siglos más tarde: unas veces se dejaban llevar por la ira, otras veces se dejaban llevar por el deseo de poder y otras se dejaban llevar por la cobardía. Pero todos, excepto Judas, terminaron dando la talla. Y, tras la muerte de Jesús supieron extender el cristianismo por el mundo entero.
¿No tuvo un pasado difícil María Magdalena de la que cuenta el Evangelio que Jesús había librado de siete demonios? Esa misma María Magdalena acompañó después al Maestro durante sus años de vida pública, estuvo presente en su crucifixión y fue la primera persona a la que Jesús escogió aparecerse tras su resurrección.
¿No estuvieron lejos de una vida ejemplar personas que, como San Agustín, después se convirtieron y llegaron a ser grandes santos?
No conviene que nos pongamos excusas o que nos autoimpongamos limitaciones. Y mucho menos aún conviene que le pongamos limitaciones a ese Dios que es, sobre todo, Padre, y que, mientras duren nuestros días aquí en la tierra, siempre estará encantado de regalarnos su perdón, cubrirnos de besos y darnos un empujoncito que nos acerque a su Hijo.
Siempre estamos a tiempo para poner rumbo al Cielo y de empezar a avanzar en ese camino del amor que todos estamos llamados a recorrer. Así, cuando terminen nuestros días aquí en la tierra, nos encotraremos en esa Casa en la que en cierto modo ya habremos empezado a vivir durante nuestro paso por este mundo.
La imagen es de JoshuaWoroniecki en pixabay
Me ha gustado mucho el enfoque de tu reflexión. Nunca lo había visto desde esta prespectiva.
Muchas gracias Marta.