La sociedad en la que vivimos nos conduce a vivir de cara a la galería. Y, como todos nos sabemos continuamente expuestos, cuidamos mucho la imagen que proyectamos tanto en persona como en el mundo digital.
Buscamos tener un aspecto físico lo mejor posible -cada uno con las limitaciones que tenemos- y buscamos también ser vistos como nos gustaría: como buenos profesionales en el trabajo, como personas exitosas en sociedad o como personas a las que la vida les sonríe.
Y como esto es una práctica tan común, nos encontramos con que no se corresponde demasiado bien lo que aparentemente se vive con lo que realmente se vive. No se corresponde demasiado bien lo que parece con lo que es.
Un horror.
Porque por mucho que nos guste que nos vean guapos, felices y triunfadores, todos sin excepción tenemos nuestros miedos, nuestras angustias, nuestros problemas, nuestras preocupaciones, nuestras dudas, nuestros errores, nuestros defectos y nuestras heridas. Y forman parte inseparable de nuestra realidad.
Podremos, por un tiempo, engañar a otros.
Podremos, incluso, llegar a engañarnos a nosotros mismos, si, ilusos, llegamos a creemos la película que nos hemos montado.
A quien no podremos engañar de ninguna de las maneras es a Dios, que sabe bien quiénes somos, qué talentos y qué limitaciones tenemos, qué hemos vivido, qué estamos viviendo, qué llevamos en el corazón y cuál es nuestra mochila. A Dios no se le meten goles.
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» Evangelio Mateo 6, 1 – 4
Creo que vale la pena que nos esforcemos en vivir una vida más real. Sin tanto miedo a mostrar nuestras vulnerabilidades ni a conocer las vulnerabilidades de quienes nos rodean. Sólo así podremos dejarnos cuidar cuando lo necesitemos y sólo así podremos nosotros cuidar de quienes tenemos alrededor, que tantas veces están tan cansados y agobiados como lo estamos nosotros.
La cultura del cuidado en la que debemos zambullirnos no es la del cuidado de nuestro aspecto o de la imagen que proyectamos sino la cultura del cuidado del otro.
Nosotros no podemos cambiar solos los valores de la sociedad en la que vivimos. Pero, desde luego, sí que podemos cambiar nosotros y contribuir con ello a que cambie la cultura del entorno en el que cada uno nos movemos para que se vaya imponiendo, cada vez más, la búsqueda del servicio, de la paz bien entendida o del bien común.
La imagen es de Antranias en pixabay
Me apunto a la “cultura del cuidado del otro “. Feliz verano Marta. Gracias por ayudarme tanto semana a semana. Dios Padre te lo pague