Uno de los pasajes más conocidos del Evangelio es el que detalla el primer signo de Jesús, en el que convirtió el agua en vino en una boda en Caná de Galilea. Fue María la que se dio cuenta de que se iba a acabar el vino y se lo hizo saber a Jesús. Segura de que su hijo no le fallaría, se fue a donde estaban los sirvientes y les dijo «Haced lo que él os diga«. Ellos así lo hicieron y en aquella fiesta nunca faltó el vino.
Creo que merece mucho la pena deternernos sobre aquellas palabras de María. Ella siempre nos conduce hacia Jesús: a aquellos sirvientes les pidió que hicieran lo que les indicara su hijo y a nosotros, siglos después, nos dice lo mismo.
Para que nosotros podamos hacer lo que nos dice Jesús, en primer lugar tenemos que saber qué es lo que Él nos dice. Una vez sabido, debemos hacerlo vida.
Está muy bien escuchar atentamente el Evangelio cada domingo en misa. Pero, en mi opinión, no es suficiente: nosotros mismos podemos leerlo y releerlo dejando que el Espíritu Santo nos vaya regalando su luz. Porque es importante que tengamos claro qué fué lo que Él dijo y qué no dijo nunca.
«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen» Evangelio Juan 10, 27
Vivimos en tiempos realmente revueltos, en los que parece que todo vale. En una sociedad individualista en la que todo el mundo va a lo suyo y en un contexto de desinformación y fake news cuesta mucho no dejarse liar. Continuamente somos invitados a disfrutar de la vida, a hacer lo que más nos apetezca o a buscar la felicidad en el consumo o en tantos otros placeres pasajeros que nos ofrece el mundo. Y como son comportamientos tan extendidos puede llegar a parecernos que no están mal. Pero lo cierto es que están lejos de la propuesta que nos trajo Jesús. Están lejísimos. Y debemos tener claro qué viene del Cielo y qué viene del mundo.
No debemos perder de vista de lo que nos dijo María. Y no debemos, por tanto, despistarnos nunca de la propuesta que nos hizo Jesús.
Es necesario que tengamos criterio propio. Es importante que cuestionemos todo. Y es imprescindible que no nos dejemos arrastrar por lo que hace todo el mundo. Porque, tal y como están las cosas, debemos vivir a contracorriente. Sin importarnos ni mucho ni poco lo que los demás puedan opinar o decir de nosotros. No tenemos que quedar bien con todos los que nos rodean: con hacer lo correcto a los ojos de Dios es más que suficiente.
Para no equivocarnos con los pasos que vamos dando, además de conocer bien el Evangelio y tratar de hacerlo vida conviene buscar a la familia del Cielo en la oración. Esa oración en la que no siempre encontramos respuestas pero que sabemos que siempre nos hace bien y siempre da su fruto, aunque a veces nos cueste verlo.
Es un privilegio poder regalar a Dios nuestra Fe.
A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora». Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.
Evangelio Juan 2, 1 – 11
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