Muchos de nosotros tenemos clarísimo que queremos hacer vida la preciosa doctrina que nos trajo Jesús.

Y nos levantamos cada mañana con ilusión y con la intención de vivir el día que tenemos por delante desde el amor; con vocación de servicio; tratando de hacer las cosas lo mejor posible.

Pero, lamentablemente, en muchas ocasiones nos vamos a la cama al final del día con la sensación -o, más bien, con la certeza- de que podíamos haberlo hecho francamente mejor.

En ocasiones son las prisas las que nos impiden poner alma, vida y corazón en los encuentros que vamos teniendo con las personas o en las distintas tareas que vamos acometiendo a lo largo del día. Y la prisa anula por completo nuestra capacidad de escucha activa y anula también nuestra capacidad de disfrutar y poner cariño a esas pequeñas o grandes actividades de las que se compone nuestro día.

En otras ocasiones son las preocupaciones y los agobios que llevamos encima los que nos hacen un nudo en el estómago, nos agrían el carácter y, de alguna manera, nos imposibilitan hacer nuestros los problemas de quienes nos rodean. ¡Si casi no podemos con los nuestros!

A veces nos sentimos como atrapados en los roles que hemos adquirido en nuestros trabajos, en la imagen de nosotros mismos que hemos buscado proyectar o en lo que otros esperan de nosotros. Y nos cuesta romper con esas expectativas y dar un paso al frente dejando ver eso que nos gustaría empezar a ser.

Otras veces son nuestras miserias las que se hacen fuertes. Y no somos capaces de controlar el mal genio, la envidia, el egoísmo, el cinismo, nuestras ganas de ser admirados o nuestra afición a la crítica.

Y así, entre unas cosas y otras, lo cierto es que son muchos los días que sentimos que avanzamos poco o nada en ese camino del amor que estamos llamados a recorrer. Y tomamos conciencia de que seguimos moviéndonos en el universo de los grises sin terminar de brillar; sin terminar de ser valientes; sin terminar de tener verdadera paz; sin terminar de vivir dándolo todo.

El campo de batalla entre el bien y el mal es siempre nuestro corazón. Y la batalla se da cada día. Aunque no se da todos los días con la misma intensidad. Nunca hay que bajar la guardia.

Afortunadamente Dios Padre sabe bien el barro del que estamos hechos, conoce bien los talentos que tenemos y las miserias que nos acompañan. Y conoce también bien las tensiones en las que vivimos en este querido mundo nuestro que está tan estropeado. A pesar de todo eso confía en nosotros y sigue queriendo que seamos sus manos aqui en la tierra. Y si eso es lo que espera de nosotros es porque es posible.

No debemos tirar nunca la toalla. La Fe, la Esperanza y la perseverancia deben ser siempre nuestras compañeras en este apasionante viaje que es la vida.

Mañana será otro día y con él, tendremos por delante una nueva oportunidad para hacerlo mejor.

La imagen es de eddiefouse en pixabay

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