La valentía es un valor que nos empuja a luchar por aquello que nos merece la pena: nos mueve a actuar con firmeza a pesar de las dudas o los miedos que podamos tener, sin que nos pesen demasiado las posibles consecuencias que nuestros actos puedan ocasionar.

Cuando tenemos claro que un camino es el correcto y queremos apostar por él, no nos queda más remedio que ponernos el traje de valientes y tirar para adelante, haga el resto del mundo lo que haga y piense el resto del mundo lo que piense.

La valentía se demuestra en momentos críticos, donde hay defender asuntos relevantes y nos sentimos obligados a poner en riesgo nuestra seguridad o nuestros intereses por hacer justicia, por defender a quien está en una situación desfavorable o por velar por el bien común.

La valentía se demuestra también en el día a día. Desde lo pequeño. Desde esas pequeñas decisiones que vamos tomando en la vida ordinaria. Se demuestra, sobre todo, con la actitud.

Aunque esas pequeñas decisiones sean eso, pequeñas, lo cierto es que son igualmente relevantes. Porque también hablan de nosotros, de nuestros valores y de lo que somos. Y porque, como bien dijo Jesús, quien es fiel en lo poco, será fiel también en lo mucho.

No dejemos de dar importancia a nuestras pequeñas decisiones porque también cuentan. Todo suma en ese camino del amor que estamos llamados a recorrer.

Jesús fue un hombre valiente: sabía perfectamente lo que el Padre quería de él y cuál era la misión que tenía en la vida y, tras esos primeros 30 años de vida de familia, comenzó su vida pública y, con ella, comenzó a predicar una doctrina rompedora. Predicaba lo mismo a las gentes sencillas, que a los poderosos. No cambiaba su discurso ni sus palabras para adaptarlo al perfil de quienes le escuchaban, por mucho que a algunos de ellos pudieran revolverse.

Mantuvo su doctrina a sabiendas de que podía costarle la vida y, sobre todo, mantuvo un estilo de vida absolutamene coherente con aquello que predicaba.

Y así, por ejemplo, hizo curaciones en sábado siempre que hizo falta, porque entendía que el sábado estaba hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. Ante la disyuntiva entre el cumplimiento de la ley o el cuidado del hombre, siempre eligió el cuidado del hombre.

Nuestra sociedad no es demasiado diferente de la sociedad que vivió Jesús. Ahora tenemos luz eléctrica, trenes, aviones, internet o inteligencia artifical, pero lo cierto es que el corazón de los hombres sigue albergando las mismas miserias que albergaba entonces y éstas siguen condicionando nuestra mirada tanto como lo hacían entonces.

Y hoy, como entonces, las personas cambiamos nuestro discurso según quien sea la audiencia que tengamos si eso nos ayuda a triunfar o a salvar el pellejo. Nos sigue faltando valentía.

Nos preocupamos demasiado de cubrirnos las espaldas, sin darnos cuenta de que con ello estamos descuidando algo que es muchísimo más importante: nuestra alma y nuestro corazón. Y, por si fuera poco, con esta forma de comportarnos tambén comprometemos nuestra vida futura. Una absoluta insensatez.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará

Evangelio Mateo 16, 25

Quienes nos decimos cristianos estamos llamados a anteponer, de verdad, los intereses de Dios a los nuestros. Estamos llamados a anteponer, de verdad, las necesidades del otro a las nuestras. Estamos llamados a confiar, sin duda alguna, en que tenemos en la retaguardia un Dios Padre que nos cuida y nos proteje.

Vivamos de una manera valiente. No dejemos que el miedo nos haga pequeñitos y nos impida sacar todo su potencial a los talentos que nos regalaron a nacer. Tenemos la obligación de ponerlos en valor y tenemos la obligación de mantenerlos al servicio de todas las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

Jesús entró otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si curaba en sábado y acusarlo. Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte ahí en medio». Y a ellos les pregunta: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Evangelio Marcos 3, 1 – 6

1 comentario

  1. Gracias, por poner tu talento a disposición de los demás. Dices cosas muy importantes de forma que todo el mundo puede entenderlo. Un saludo. Francisco

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