El paso de los años es algo que se vive de manera diferente a medida que se van sucediendo las etapas de nuestra vida.

De niños, cuando nuestra vida es todavía como un cuaderno en blanco en el que casi todas las páginas están aún por escribir, soñamos con un futuro prometedor en el que seremos los protagonistas de una vida maravillosa. Cada año nos vamos viendo más altos, más fuertes y con nuevas capacidades y, cómo no, deseamos que pase el tiempo cuanto antes.

La juventud es una etapa bonita, en la que nos convertimos en los dueños de nuestra vida y tomamos nuestras propias decisiones. Unas veces acertamos y otras nos equivocamos, pero vamos aprendiendo. Empezamos a cosechar éxitos y también fracasos. Y los años empiezan a pasar volando sin que nos demos apenas cuenta, mientras nos vemos surfeando entre un sinfín de responsabilidades que van llegando para quedarse.

Sin embargo, cuando nos vamos haciendo mayores, incluso a quienes nos sentimos satisfechos con la vida que hemos tenido, el paso del tiempo se nos hace a veces difícil de llevar cuando tenemos que aprender a convivir con el deterioro que va teniendo nuestro cuerpo. Un deterioro que se empieza a hacer visible con la aparición de las primeras arrugas o las primeras canas, y que se complica cuando perdemos capacidades que siempre habíamos tenido. Es un deterioro que a través del cuidado podemos suavizar, pero no podemos parar; y, aunque no queramos, siempre va a más.

En la vida espiritual el paso del tiempo se puede vivir de una manera completamente diferente. Porque en el camino del amor que todos estamos llamados a recorrer siempre se puede y se debe avanzar. Y, mientras duren nuestros días aquí en la tierra, podemos ir siendo cada vez mejores. Más del Cielo.

Con el paso de los años podemos ir arrinconando cada día mejor todas esas miserias que llevamos en el corazón -envidias, egos, soberbias o egoísmos- que tanto nos ensucian la actitud y la mirada.

Con el paso de los años podemos ir creciendo en sensibilidad hacia las personas que nos rodean. Y podemos ir teniendo una actitud cada vez más empática, más cercana, más limpia y más desinteresada hacia ellas.

Con el paso de los años podemos ir poniendo cada vez más amor en las pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana. Aunque sean tan aparentemente ordinarias como hacer la compra, hacer la comida o planchar la ropa.

Con el paso de los años podemos ir ganando intimidad con la familia del Cielo. Podemos ir sintiéndonos cada vez más hijos de ese Dios que es, sobre todo, Padre. Y podemos ir haciendo equipo con Él cada vez mejor.

Con el paso de los años podemos sentir que nuestra vida aquí en la tierra tiene cada vez más sentido. Y podemos adelantar una felicidad que alcanzará su plenitud algo después, cuando lleguemos al Cielo.

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