Muchos de nosotros valoramos a las personas, al menos en parte, por lo que poseen. Y asi, miramos con admiración -e incluso con cierta envidia- a las personas que tienen mucho dinero.
Vivimos en una sociedad terriblemente materialista. Y, tanto es así, que se nos ha vendido el consumo como el camino a la felicidad. Pero la felicidad que nos deja todo aquello que se puede comprar con dinero está lejos de esa felicidad profunda que tan sólo puede dejar el amor. Y es precisamente esa a la que estamos llamados desde el Cielo.
La felicidad que nos produce lo que se puede comprar con dinero es siempre pasajera. Es un sucedáneo de felicidad que sentimos en el momento en el que disfrutamos de aquello que hemos comprado, pero es una satisfacción puntual, que no dura demasiado.
El consumo tiene además el riesgo de acercarnos hacia una espiral que no tiene fin. Porque poco después de comprar un coche empezaremos a soñar con un coche más lujoso o poco después de comprar un móvil ya estaremos deseando el móvil de la siguiente generación. Y nos encontraremos viviendo insatisfechos, como hamsters en una rueda que avanza hacia ninguna parte. Una locura que no tiene ni pies ni cabeza.
Quienes somos cristianos no debemos entrar en esa espiral. Y, si ya estamos dentro, debemos salir de ella cuanto antes.
Necesitamos, por supuesto, una casa en la que vivir, necesitamos alimentarnos, necesitamos vestirnos y necesitamos salir con la familia y con los amigos. Porque no estamos fuera del mundo. Pero debemos intentar vivir desde la austeridad.
La dificultad está, creo yo, en saber encontrar la frontera entre lo necesario y lo superfluo. Y es una frontera que debemos encontrar cada uno de nosotros, porque no es igual para todos.
Esa frontera, además, es una frontera variable. Va cambiando a lo largo de la vida: mientras más se va avanzando en la vida espiritual también se va avanzando más en el camino de la austeridad y se va necesitando menos. Y así, casi sin buscarlo, va siendo fácil prescindir de bienes o caprichos que antes deseábamos.
Avanzar en el camino de la austeridad también nos ayuda a ir prescindiendo de otras ataduras que también llevamos en el corazón y que nos impiden volar más alto.
Y creo que es un círculo virtuoso, porque, como en cierta ocasión escuché decir al P. Christopher Hartley, en la vida espiritual se avanza más quitando que poniendo.
Tenemos ahí ya, a la vuelta de la esquina, el Adviento: una época preciosa del año en la que se nos invita a preparar nuestro corazón para para la Navidad.
Ojalá este año muchas más personas dejemos de confundir el comienzo del Adviento con el black friday. Ojalá este año muchas más personas dejemos de confundir la Navidad con la compra de regalos, las luces y las comidas lujosas.
Este es muy buen momento para tomar conciencia de qué es lo que de verdad importa y hacernos el propósito de empezar a vivir desde la austeridad.
La imagen es de congerdesign en pixabay
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